Más hábitos, menos campañas

El ahorro de electricidad y de agua debe ser un hábito, una costumbre enlazada a un compromiso ético con el planeta, más que una campaña circunstancial derivada de un conjunto de factores externos. Más aun, cuando el efecto de algunos de estos factores se podría haber aminorado, ya que se repiten cada año y podrían prevenirse; mientras que otros deberían hacer parte de un escenario de contingencias, dadas las dimensiones vitales de los servicios a los que nos estamos refiriendo. De ser así el panorama sería distinto.

Han propuesto desde el gobierno unos incentivos para que todos los colombianos ahorremos energía y unas sanciones para quienes no entren en la dinámica del ahorro, ante el escenario de un eventual apagón eléctrico. Loable intención, pero tardía respuesta ante la posibilidad de una crisis energética. Además, debemos recordar que, con cifras de la Superintendencia de Servicios Públicos a noviembre del año anterior, los colombianos estuvimos pagando el llamado cargo de confiabilidad, por un monto de catorce billones de pesos, para crear un colchón ante eventualidades. Qué sucedió con ese dinero, en qué se invirtió, aún no lo han explicado satisfactoriamente, y es probable que no lo hagan. El Estado no hace su trabajo y estamos sufriendo las consecuencias de no tener unas políticas de renovación en materia de generación energética.

Por lo tanto, es confuso el proceder del gobierno colombiano ante el tema de las nuevas alternativas en producción energética. Por un lado, quiere entrar en el club de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y asiste como nación a los foros del cambio climático, firma acuerdos y compromisos, se toma la foto; aunque, paradójicamente, y es a donde quiero apuntar, no crea una política clara y fuerte con la verdadera intención de promover la búsqueda y desarrollo de energías limpias y renovables. Países vecinos han tomado la delantera en el desarrollo e implementación de proyectos en ese sentido; por ejemplo, Chile, con la instalación de la mayor planta termosolar de Sudamérica, en el desierto de Atacama, empleando la energía que nos brinda el sol, que está ahí hace millones de años. Se podría haber diseñado la forma en que, por lo menos, una parte del dinero que se pagó por el cargo de confiabilidad (catorce billones de pesos) financiará el desarrollo de energías limpias y renovables, como la solar o la eólica; empero no se hizo así, ni siquiera sabemos qué pasó con esos recursos. No hay políticas de Estado en torno de una cuestión tan crucial; tampoco desde el mismo gobierno hay una costumbre visible respecto del ahorro y, aun así, nos piden que ahorremos y pretenden darnos el ejemplo.

Sin embargo, más allá de estos sucesos coyunturales, y es lo que quiero señalar, no podemos dejar toda la responsabilidad en las autoridades; como sociedad deberíamos tener adoptada por tradición la costumbre del ahorro, deberíamos practicar todos el ejercicio de sacarle el cuerpo al consumo innecesario, al desperdicio: así lo hiciéramos simplemente por mermar nuestros gastos; por tacañería si quieren. Hemos escuchado, desde la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés), que anualmente se pierde un tercio de los alimentos producidos para el consumo humano, lo que equivaldría a mil trescientos millones de toneladas de comida. Cifras bastante dolorosas, y así sucede con la energía y con el agua. Los casos abundan: la fruta que usted o yo acabamos de tirar a la caneca porque la dejamos perder; el televisor que sigue encendido después que nos fuimos a la cocina; el equipo de sonido que dejamos conectado todo el día aunque esté apagado, la llave abierta al máximo mientras fregamos los platos. La enumeración podría continuar. Son varias las formas en las que podemos contribuir a un consumo responsable y sostenible. Lamentablemente, estos esfuerzos suelen adoptarse gracias a campañas y muchos los despliegan por una temporada; mas luego que pasa el mal clima, lo olvidan, y vuelven a las nefastas costumbres del desperdicio.

Es un asunto de generar conciencia, lo que a veces parece una tarea estéril, como arar en el desierto. Quizás no sea demasiado tarde para instaurar esa idea en las nuevas generaciones; sembrar la semilla. La cuestión es que somos animales de costumbres; pero, si no hay quienes pongan el ejemplo, no podremos propiciar la adquisición y crecimiento de unos hábitos, pues como lo expresa William Ospina en su ensayo Carta al maestro desconocido: “Todos los seres humanos estamos aprendiendo continuamente. Lo real no es que no aprendamos, sino que a menudo aprendemos lo que no se debe. Porque de nada se aprende tanto como del ejemplo: y cualquier persona en el mundo moderno está continuamente expuesta a elocuentes y pésimos ejemplos”.

Etiquetas: Campañas Ambiental, Compromiso cultural, Energías limpias y renovables, Superintendencia de servicios públicos

Por David Rivadeneira

Un comentario en “Más hábitos, menos campañas

  • el 26 septiembre, 2019 a las 11:25 AM
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    Existe un compromiso ético con el cuidado del planeta a partir del ahorro de electricidad y agua, los cuales son vitales en nuestro diario vivir. Teniendo en cuenta que estos escenarios son de total contingencia frente a un panorama del mal uso suministrado, por lo tanto aunque el gobierno decida plantear estrategias de cuidado y preservación es importante resaltar que el ser humano a partir de sus malos hábitos debe tomar la responsabilidad de mermar los gastos incensarios con el objetivo de adoptar una costumbre de ahorro frente a la sostenibilidad y conciencia del uso adecuado de estos recursos vitales en la vida del ser humano en su diario vivir.

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