Cuando la vida se vive tras las rejas. Una mirada desde la edu-comunicación en la cárcel y penitenciaria de mediana seguridad de El Espinal – Tolima

De la educomunicación a la comunicación popular.

Por Mariana Ariza, Cristian García y Flor Morantes, docentes de Comunicación Social y Periodismo de la Corporación Universitaria Minuto de Dios. 

 

De acuerdo con Alfaro (2000), “hablar de la comunicación popular implica un gran impulso ético y de responsabilidad con los más desposeídos, en diálogo participativo con ellos para su liberación” (p. 63). Dicha afirmación recoge varios de los aspectos que articulan el desarrollo de esta investigación, en tanto que los sujetos son personas privadas de la libertad, quienes, además, llevan consigo la investidura de delincuentes.

Cargar con el delito sobre la espalda restringe sustancialmente la posibilidad de ser escuchado, narrado e interpelado. Por ello, la comunicación popular encarna uno de los caballos de batalla desde los cuales es posible concebir la otredad sin prejuicios, restricciones y barreras simbólicas como las etiquetas sociales de la exclusión y la marginación, pues como lo sustenta Kaplún (1983), “la comunicación no constituye un fin en sí, sino un instrumento necesario al servicio de la organización y las educaciones populares” (p. 41).

Habría que decir también que pensar la educomunicación en los entornos de privación de la libertad conlleva a estudiar las formas dialógicas y conceptuales entre lo popular y lo marginal, pues el límite entre ambos términos concluye en el caso de los entornos carcelarios, en el momento mismo en que se tipifica o sindicaliza algún delito. Las acciones de lo denominado popular están ligadas al concepto de marginalidad que “se desenvuelve de la mano de la teoría desarrollista o teoría de la modernización” (Delfino, 2012, p. 21), desde las cuales lo popular y la marginalidad “están supeditados al desarrollo social y cultural que tiene una comunidad en comparación con un sector de la sociedad o con otra comunidad”.

De esta forma, la marginalidad es comprendida con la ubicación de la pobreza, la cual se inserta en la periferia y en lo popular, de ahí que “el fenómeno de la marginalidad constituye un fenómeno multidimensional o pluridimensional; puede hablarse de distintas dimensiones o formas de marginalidad económica, de producción o consumo, política, cultural, educacional, etc.” (Delfino, 2012, p. 22). En este orden de ideas, la educomunicación es una propuesta imperante en la construcción de diálogo e interacción de personas privadas de la libertad que, con el fin de generar espacios de encuentro y reconocimiento de identidades en común, buscan abrir ambientes participativos y populares, en los que, el componente comunicacional entra y se fusiona con el pedagógico y con el organizativo en el marco de un proceso transformador (Kaplún, 1983).

Cabe resaltar que la educomunicación cohesiona dos ciencias transversales a cualquier sujeto de estudio, pues busca, por una parte, la acción pedagógica encaminada a la construcción de escenarios participativos, y por otra, a la transmisión de contenidos desde múltiples lenguajes y medios que abarcan lo personal, social y grupal (Aparici 2011).

Así las cosas, “pronunciar la palabra acallada era hacerla audible” (Mata, 2011, p.   3). Esta premisa esgrime el reconocimiento de diferentes puntos de encuentro, donde, las personas en contextos de encierro reciben espacios multidisciplinares desde los cuales les es posible hablar, expresar, comunicar, decir, argumentar, explicar y, ante todo, ser sujetos sociales.

Nuevamente, en términos de Mata (2011), a instancias de la educación popular el objetivo es hacer audible la palabra desde la diversidad cultural otros diferentes a quienes se interpelaba solicitando atención, solidaridad, apoyo para las propias causas porque se consideraba que ellas trascendían lo particular involucrando a todos, en busca de un mundo más justo. Y también audible para los otros con quienes se confrontaba y se disputaba el poder; esos otros ante quienes la palabra acallada hecha audible, se esgrimía como símbolo de existencia, de resistencia y de lucha (p. 5).

En este sentido, la educomunicación funciona como un espacio multidisciplinar donde la convivencia está sujeta al poder. En palabras de Foucault (1979), “poder y saber se implican directamente uno a otro” (p. 93), es decir, tanto la mirada jerárquica como la subordinada deberían emprender un diálogo capaz de responder a las necesidades colectivas, que, en última instancia, vienen representadas por la capacidad de construir escenarios donde la vida en sociedad sea posible, nuevamente.

En medio de este diálogo, es preciso tener en cuenta las diferentes particularidades con las que arriban los protagonistas del conflicto; por  ejemplo, tal como lo señala Ruiz Bry (2011): al criminalizar a quien en realidad es un adicto preso del propio Estado y al obviar y naturalizar su adicción se lo violenta, y se lo priva del derecho a la salud. Otra cuestión es que al encarcelarlo se genera un efecto altamente corrosivo para la persona implicada y para el cuerpo social que recibe un mensaje que promociona el miedo, la estigmatización y la discriminación y esto es una muestra de profundo retroceso social y jurídico (p. 207).

Desde Saintout (2013), sólo en medio de este diálogo bidireccional es posible romper con (…) el poder simbólico, ese poder que radica en la capacidad de hacer cosas con palabras (y con imágenes) de unos sobre otros, se utilizan para nombrar a unos jóvenes como la mierda social sin utilizar la palabra ―mierda―. Lo execrable, el desecho, lo mugriento, lo oloroso (p. 54).

Es así como el lenguaje funge un rol inexorablemente, clave a la hora de construir una realidad. Lo que se nombra y cómo se nombra; lo que no se nombra y se oculta tras eufemismos o expresiones edulcoradas que disfrazan la realidad, revela a su vez condiciones en las que ciertos poderes son evidentes y deslegitiman las posibilidades creativas y reconstructivas del otro. Por ejemplo, erigir prejuicios frente a las habilidades de las personas privadas de la libertad, coarta la expresión de ese otro conocimiento posible que está en aquel y que es distinto a mí por el hecho de estar tras las rejas.

Así pues, en aras de conocer y explorar esos conocimientos invisibilizados, se apela de dimensiones y campos del saber cómo la comunicación y la educación para establecer canales de diálogo capaces de revelar aquello que la misma condición de encierro limita.

Etiquetas: Reinvidicación cultural, La educación para el nuevo progreso, Insuficientes brigadas de salud, Resocialización en cárcel de Girardot

 

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