Ida: la sobriedad hecha cine

Andrés Olivar, politólogo, comunicador social y periodista

 

A tono con aquel verso de Julio Flórez “todo nos llega tarde, hasta la muerte”, pude apreciar, sólo hasta hace pocos días, la película ‘Ida’, ganadora del Óscar, hace siete años, a mejor película de habla no inglesa. Pero la tardanza no me excusa de una valoración crítica.

Películas sobre la Segunda Guerra Mundial se han hecho hasta el cansancio. De ambos lados del Atlántico se han contado numerosas historias sobre héroes y villanos, batallas ganadas y perdidas; se han hecho mártires los estadounidenses y víctimas los europeos, y viceversa. Ninguna, hasta ahora, había puesto el foco en una adolescente judía que busca a sus padres asesinados durante la ocupación nazi en Polonia.

‘Ida’ es la muestra patente de que no hay historia trillada, sino directores sin imaginación; Pawel Pawlikowski hace gala de una excelsa dirección. Entre las numerosas formas de narrar con imágenes, Pawlikowski escoge la sobriedad y la cámara fija para desnudar el alma de sus personajes; porque ahí está el mérito de esta joya que nos viene de Europa Oriental. Ante la escasez de diálogos, la conjugación de planos largos, medios y cortos logra capturar cada imagen como si fuera una fotografía, todo esto, gracias a una cuidadosa elección de paisajes naturales y de interiores. La mirada escrutadora, a veces perdida, de Ida y de su tía, se mezclan como en una pintura con las estructuras derruidas de la Polonia socialista; todo ello apoyado en el blanco y negro, que siempre da ese aire artístico al cine.

El guion parece engañosamente plano y predecible. Cuando se llega al que parece el cenit de la historia, la película da un giro que deja atónito al espectador. Todo ello con una narración pulcra y sin excesos; total ante un uso tan eficaz de las imágenes, ante la abrumadora belleza de sus planos –sobre todo en sus primeros veinte minutos-, provoca que la pretensión de contar pase a un segundo plano, en la película, el solo disfrute de la fotografía paga la boleta (o la mensualidad de Netflix).

En suma, ‘Ida’ es cine en estado puro, en su máxima expresión. Logra narrar y escudriñar el alma de sus protagonistas con imágenes límpidas, sin verborreas ni ningún tipo de excesos; ni siquiera musicalización existe para subrayar emociones: estrategia que suele ser usada de manera efectista, sobre todo en el cine de terror. En tiempos de cine chatarra y de fácil consumo, ‘Ida’ representa un goce estético sin par que se agradece y se guarda en la memoria poética de los cinéfilos.

Coda: ojo a la única parte musicalizada de la película. Un cuarteto de jazz toca melodías del gran John Coltrane. Una pizca de color y de capitalismo que parece lo único que despierta en la protagonista los placeres mundanos, entre ellos, los carnales.

Etiquetas: CineMemoria poética, Cámara fija, Musicalizada

 

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Un comentario sobre “Ida: la sobriedad hecha cine

  • el 5 octubre, 2018 a las 12:32 AM
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    Me parece interesante el concepto que tienen de esta película, despierta el interés por conocerla y poder entender un poco mas las referencias que se hacen sobre ella, y así mismo poder debatir también con argumentos sólidos.

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