Necesidades perennes

Andrés Olivar, politólogo y comunicador social y periodista.

¿Qué pasaría con la información si desaparecieran los medios tradicionales? La pregunta se la formula la revista Arcadia a Alejandro Santos, director de Semana, y me atrevo a contestarla también.

Entiéndase la expresión “medios tradicionales” como referencia a los medios masivos de comunicación nacidos en el siglo XX (radio, prensa y televisión), en contraposición a los surgidos en el siglo XXI, enmarcados por el periodismo digital. Dentro de esas nuevas plataformas informativas, las redes sociales son la punta de lanza de buena parte de la información consumida por los ciudadanos actuales.

El periodismo tradicional posee una figura que hoy parece en crisis, por su aparente inutilidad: la del gatekeeper, o guardián de la información, aquel que, en un medio, selecciona la agenda informativa y marca los temas de conversación de la opinión pública. A los directores, editores y periodistas, por su conocimiento de la realidad y por estar más cerca de los asuntos públicos, los ciudadanos les otorgamos el poder de decirnos qué debe ser o no de interés público.

La cacareada crisis del periodismo tradicional es en realidad la crisis del gatekeeper. Hace unos días, estaba con alguien que revisaba su Twitter, y vio la sección “Momentos”, en la que se agrupan los temas de actualidad. “Con esto, ya para qué El Tiempo o El Espectador”, me decía la sorprendida tuitera.

Antes de las redes sociales, entre el medio y la audiencia no había intermediarios. Ahora, Twitter y Facebook son el medio antes de llegar al medio, lo cual ha impulsado a dichas plataformas como en el verdadero guardián de la información, pues aprovechan su nueva función de intermediación para mostrarle al usuario noticias no de interés público, sino de convivencia particular. Es decir, que dichas redes, particularmente Facebook, haciendo uso de algoritmos, arman un paquete informativo a la medida del internauta. ¿Cómo lo hacen? Dado que son empleadas en gran medida para expresar opiniones sobre lo divino y lo humano, Facebook, por ejemplo, rastrea dichas opiniones, gustos y hábitos de los navegantes en la red con el objetivo de filtrar noticias que no estén a tono con sus ideas. Así, por ejemplo, si alguien manifestó durante la campaña del plebiscito estar a favor del ‘no’, Facebook le remitía noticias al usuario, casi todas de portales de dudosa credibilidad, que reforzaran su pensamiento.

¿Tiene razón la tuitera al decir que son innecesarios los medios tradicionales por cuenta de que las redes sociales nos arman el menú informativo? Por supuesto que no. Esa nueva dinámica del consumo mediático hace  necesaria, más que nunca, la función de los medios tradicionales: informar, brindando contexto y con una argumentación clara.

En tiempos en los que la información emocional y que robustece nuestro punto de vista es la preferida por los navegantes de las redes sociales, las democracias necesitan, más que antes, información que genere disonancia cognitiva (que vaya en contra de nuestro punto de vista) y enriquezca el debate público, empobrecido hoy al extremo por cuenta del bajo nivel deliberativo en las redes sociales. En ellas, la indignación emotiva, y no la acción racional, es el sentir generalizado, pues si sólo nos exponemos a lo que favorece nuestra visión del mundo, la rabia se generaliza y la baba es lo que queda a la vista.

Etiquetas: Redes , Temas de conversación, Periodismo digital, Redes sociales, Radio 

 

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