El problema del territorio en América Latina

 

Andrei Luna Pérez, politólogo.

Existen diferentes motivos por los que América Latina ha tenido problemas en su aspecto territorial; pero desde la época de la conquista se ha intentado llevar una política emancipadora y anti-imperialista, pretendiendo precipitar  por medio de diferentes movimientos sociales o de resistencia, una decadencia de la dominación oligárquica. A partir de la idea rectora de que América Latina es una construcción histórica, que se constituye desde su origen como unidad estructuralmente desigual y diversa, que puede leerse de dos maneras complementarias: como una historia social de lo político y, también, como una historia política de lo social. A diferencia de la perspectiva que adopta el pensamiento en América Latina, y en especial frente a la tierra, lo social siempre ha sufrido una injerencia negativa en lo que Di John denomina un Estado Fallido. La formación del Estado, la creación de la nación y la constitución de las condiciones que posibilitaron la inserción internacional de nuestra economía son los procesos sobre los cuales nuestra América Latina ha sufrido injerencia, conllevante a la actual crisis social que se vive, afectando de manera radical sociedades agrícolas que han terminado sucumbiendo ante una continuidad de violencia, ya sea política o social.

 

En América Latina, el intento de construcción del orden no ha pretendido nunca reconstruir, o por lo menos construir desde una base social y progresista, paso a paso la historia de cada región: especialmente, en países como Colombia y México, que día a día sucumben en las políticas neoliberales.

 

En palabras de diferentes académicos, si el orden no es concebido como acción colectiva, y en esto me refiero a lo social, como parte fundamental de ese orden geopolítico, la diversidad no logrará ser asumida como multiplicidad, sino que seguirá siendo vivida como una desintegración cada vez más inaguantable; generadora del caos y violencia en la cual se ha sumido América Latina.

 

Siguiendo con la fase introductoria de este ensayo, en América Latina se ha generado y desarrollado un régimen de propiedad sobre la tierra y la riqueza, que desde la colonia sentó las bases de una estructura agraria socialmente estratificada y que se ha consolidado aún después de la independencia de las emergentes naciones. La maldición de los recursos ha sido el generador de la desigualdad social en América Latina, formadora de violencia, o de lo  que denomina Pecaut, “una insostenibilidad o inviabilidad de la democracia contemporánea”, planteando desde las élites y las fuerzas armadas una justicia para sus monopolios.

 

Mucho se ha hablado y han corrido ríos de tinta aludiendo a esa maldición de los recursos naturales en América Latina, qué tanto nos ha afectado. Se puede hablar como referencia a la paradoja de que aquellos países dotados con abundancia de recursos naturales suelen depender en demasía de ellos, para intentar entrar a un mercado globalizado, en el que las multinacionales son aquéllas que se llevan los recursos sin intervención del Estado, en desmedro del aparato productivo doméstica. Ello, como consecuencia de la gran afluencia de inversión extranjera directa (IED) para su extracción y el mayor ingreso de divisas por la exportación de tales recursos, que  presionan sobre la tasa de cambio del país receptor al apreciarse su moneda: lo cual resta competitividad, tanto a las manufacturas exportadas como a aquéllas que compiten desventajosamente con los ´medios intermedios´. Este fenómeno es el que se ha dado en ‘llamar enfermedad’ holandesa, que hace rato contrajo la economía latinoamericana, pero que países como Colombia y México, se resisten a aceptar.

 

Como lo advierte Lander y Swampa, refiriéndose a América Latina, somos mucho más dependientes de las exportaciones de materias primas que hace 20 años, nos estamos desindustrializando. El gran problema de los recursos naturales en América Latina es que reposa en la actualidad, en más de un tercio, sobre el aprovechamiento destructor del subsuelo, cuya vida no es solamente limitada por razones naturales, sino cuya productividad depende por entero de factores y voluntades ajenas a la economía nacional. Y el mayor temor desde la perspectiva de algunos académicos es que América Latina se convierta en aparato geopolítico que pueda “nadar” en una abundancia de recursos momentáneos y corruptores, y abocado a una catástrofe inminente e inevitable, tanto social como política. Dejando que la tierra y sus recursos naturales desde la perspectiva de la economía sean una perdición para su estructura social.

 

Desde una perspectiva académica, la lección de este cuadro amenazador es simple: urge crear sólidamente en América Latina una economía reproductiva, acompañada de unos gobiernos progresistas como es el caso de Venezuela, Bolivia y Ecuador.  Urge aprovechar la riqueza transitoria de la actual economía destructiva para crear los cimientos  sanos y amplios y coordinados de esa futura economía que será nuestra verdadera independencia de esa dependencia económica, social y política vivida a los largo de los últimos siglos. Es necesario, sacar buen provecho de los recursos naturales sin incurrir en la opción extractivista para invertirla totalmente en ayudas, facilidades y estímulos a la agricultura y las industrias nacionales, para generar lo que denominan “buen vivir”. Que en lugar de ser los recursos naturales en América Latina una maldición, sea la afortunada coyuntura que permita con su súbita riqueza acelerar y fortificar la evolución productora y social de América Latina en condiciones excepcionales.

 

A ello justamente se refiere la secretaria ejecutiva de la CEPAL, Alicia Bárcena, cuando llama la atención sobre el hecho de que “no existen estructuras propias en las economías de América Latina y el Caribe que permitan pensar en un crecimiento sostenido. Hay que ser muy cautos porque una cosa es que América Latina esté creciendo, pero hay que entender por qué lo está haciendo, y está creciendo por razones que no son las mejores desde el punto de vista de la sostenibilidad del crecimiento y del desarrollo… En 2012 a la región le fue mejor que al resto del mundo, con un crecimiento del 3.1% basado en buenos términos de intercambio, mejores niveles de empleo e incremento del consumo, pero no de la inversión… Es necesario superar modelos basados en importaciones y consumo, potenciar la productividad, las inversiones de calidad y desarrollar una explícita política industria”. Ello es tanto más válido si, como ya lo hemos analizado, el boom minero-energético está en su cuarto menguante y amenaza con arrastrar en su caída las economías que, como la colombiana y mexicana, dependen hoy más que nunca de ese sector.

 

El fenómeno de la concentración de la propiedad de la tierra que se inició en América Latina en la época colonial mediante la formación de los grandes latifundios (haciendas) ganaderos o cerealeros, se vio reforzado después de las independencias de principios del siglo XIX.

 

Ello significó el empobrecimiento de las mayorías de las zonas rurales formadas por indígenas libres a los que se les quitó gran parte de sus tierras y sus aguas a fin de obligarlos a trabajar en las haciendas. También se empobrecieron los gauchos, los mestizos pobres y los peones encadenados mediante trabajos forzados a las estancias.

 

Frente al fenómeno de concentración de la tierra, durante el siglo XX se fueron produciendo, constantemente, esfuerzos de redistribución a favor del campesinado sin tierra o de los minifundistas (pequeños propietarios), en la medida en que en diferentes países se creaban condiciones políticas favorables a las necesidades del campesinado. Estas condiciones fueron el resultado de revoluciones políticas o sociales y de presiones campesinas en el contexto de dichas revoluciones.

 

También fueron la consecuencia del deseo de ciertos dirigentes políticos en el poder de ganar el apoyo del campesinado para procesos de cambios más globales, o de consideraciones de la importancia de una mejor distribución de las tierras para las políticas de desarrollo económico y social.

 

Muy a menudo, las reformas agrarias han estado determinadas por movimientos políticos de origen urbano que buscaban un cambio en los regímenes políticos precedentes (luchas contra las dictaduras, en los casos de Cuba, Venezuela y Nicaragua) o de la búsqueda de una modernización económica y social en el caso de otros países (Chile y Perú). En el siglo XX, los únicos países latinoamericanos donde no se produjeron procesos de reforma agraria son la Argentina, Uruguay y Paraguay.

 

Los diferentes movimientos campesinos, en América Latina, han sido uno de los principales corrientes sociales que tienen una larga historia de confrontación, demandando la eliminación del latifundio (alta concentración de tierras en manos de pocas personas) y la reforma agraria.

 

 

Etiquetas: América Latina, Oligárquica, Geopolítico, Latifundio, Movimientos políticos

 

Por: Róbinson  Grajales  Peralta  –  Nicolás  García  Meneses  –  Brayan  Alfonso  Ávila  Chaux

 

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