COLOMBIA, ¿LA MÁS EDUCADA PARA 2.O25?

Ahora parece, al analizarla, una postverdad de la más relevante actualidad. Si por verdad se entiende la tomista -“conformidad entre inteligencia y objeto”- o de las corrientes pragmáticas actuales -“la verdad no es la relación fija entre sujeto y objeto sino que depende de los resultados obtenidos-, no se percibe nada positivo para el primer cuarto del siglo XXI.

Maneras encantadoras de un gobierno ofreciendo sin argumentos sólidos, a una ciudadanía empobrecida intelectualmente por él mismo, quimeras a plazos que al pasar de los años y en vísperas de lo prometido, se disfrazará con otra postverdad.

Cambios irrelevantes en la educación, después de cuarenta años de perjuicios, que ahora lo comprueban con los horarios, el pensum, y la caída vertical en la calidad académica, multiplican desde entonces los costos reales y morales con resultado cero.

Una educación escolar sin proyectos definidos para Colombia, siempre copiando a otros países; una educación media que no supera el significado de poder analizar en vez de memorizar y con fijación en las pruebas Saber y Pisa, que al presente únicamente han hecho subir al país unos cuantos puestos irrelevantes; y qué decir de la educación universitaria amparada en créditos desorientadores, riñentes con la secuencia académica y alteradores de la meta trazada para hacerse a una profesión.

Gobiernos que a través de sus mandatos no han cumplido con los presupuestos necesarios para la educación, investigación e innovación tecnológica, sumiendo a los ciudadanos en abulia física, pereza mental y condicionándolos a permanecer bajo el yugo de políticos que los han manipulado por doscientos años.

Es fácil para esta sociedad colombiana -tras sufrir corrupción, narcotráfico, violencia política y toda clase de vejámenes por la ausencia de justicia- pensar que lo escrito por Santander, en realidad, fue: “Si las armas os dieron la independencia, las leyes os darán la impunidad”.

Por: Óscar Mario Pardo

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