Potenciar las habilidades lectoras: la clave para un buen futuro educativo

 

María Angélica Molina Lozano,      Docente

Llevo trabajando veinte años al servicio de la Secretaría de Educación del departamento de Cundinamarca, más específicamente, como docente. He tenido la oportunidad de compartir con una gran cantidad de jóvenes a lo largo de mi carrera y he aprendido a reconocer en los estudiantes que han estado a mi cargo sus fortalezas, así como sus debilidades, en cuanto a las de habilidades lectoras que se han vuelto un común denominador que, como docentes, estamos llamados a corregir, ya que la lectura es la base fundamental que promueve el análisis y la comprensión de información vital conllevante al enriquecimiento intelectual.

Siendo la lectura un eje central en los procesos académicos, se requiere imperativamente potencializar esta habilidad haciendo uso de herramientas que el universo literario tiene a nuestra disposición , entendiendo esto como ´la oportunidad para explotar las destrezas corporales y psicosociales’, al crear un ambiente dinámico que permita establecer una convergencia entre la necesidad de aprender y la de construir conocimientos, desbancando el prejuicio de monotonía y obligación que rodea la acción de la lectura en los jóvenes, que muchas veces impide que se tome el amor y aprecio por ella, como lo menciona el escritor William Ospina: “Leer es un arte creador, sutil y excitante, es una fuente de información, de conocimiento y de sabiduría, es también una manía , una obsesión, un tranquilizante, una distracción, una compañía y sobre todo una felicidad”.

Como parte de la reflexión que se desarrolla en torno de las habilidades lectoras en las aulas de clase, se sientan unos precedentes básicos que obedecen a un antiquísimo modelo pedagógico, aquel modelo que ha regido la estructura educacional colombiana y que entorpece los procesos de innovación. Existe en Colombia un secreto a voces que se confirma con las pruebas aplicadas por el Estado, encargadas de medir la calidad educativa de las instituciones, y hablo específicamente de esta población, ya que diversos estudios, centrados en medir la capacidad retentiva del ser humano, determinan que la mejor etapa para cultivar el amor a la lectura se sitúa entre los 5 y los 18 años. Dicho esto, podemos determinar de forma preliminar que los contextos sociales de los niños y jóvenes influyen directamente en su motivación hacia la lectura.

Las mediciones de calidad educativa suelen ser radicales e inflexibles, pues algunos elementos del entorno geográfico, social y cultural de los estudiantes influyen en los resultados, desconociendo los antecedentes en los procesos como la estimulación temprana hacia la lectura, el acercamiento a textos de consulta o bibliobancos, el apoyo familiar, entre otros, que de manera conjunta facilitan el logro de competencias lectoras en el aula. Sin el análisis de estos factores, las pruebas de calidad se convierten en un procedimiento técnico vacío que, en lugar de detectar fortalezas en las instituciones, solamente se concentra en sus debilidades.

Pese a los obstáculos, que pareciera que el mismo Estado nos presenta, surge el docente como un verdadero innovador, investigador, proactivo en su misión orientadora y formadora de seres íntegros; cuyo reto cada día es explorar al máximo las herramientas que naturalmente vienen dadas de la mano de la literatura. Las vertientes son amplias, si bien la hoja de papel y la letra escrita puede provocar en los jóvenes dolor de cabeza, ellas son el motor de una sociedad, que está constantemente reduciendo el mundo a grafemas. Estudios comprobaron que tan sólo el 5% de los estudiantes leen por interés personal, mientras que el 95% restante lo hace por una calificación o porque su formación así lo requiere.

Podría decirse que de cierta manera los alumnos se sienten presionados a leer, esto no es un aliciente sino un retroceso dentro de la promoción del gusto por la lectura. Si bien hay textos vitales para complementar un área disciplinar en específico, no se puede pretender obligar al estudiante a tener un acercamiento abrupto a un espécimen literario que no va a hacer sino dejar en ellos un sinsabor, que, en el peor de los casos, es el inicio de un desdén que puede llevar años modificar. La lectura, como todo en la vida del hombre, es un proceso que viene ligado a un perfil personal, psicológico y racional. Un educando puede sentir afinidad por las novelas, la ciencia ficción, el misterio o la novela épica, y en cualquier género encontrará sin duda su futuro ejemplar de lectura, cuando reconozca en el ejercicio lector un potencial de entretenimiento y se encontrará inmerso en mundo dónde sabrá que el título es tan sólo un abrebocas de una verdadera historia.

El mundo globalizado en el que esta sociedad se desenvuelve cada día requiere de estrategias que incluyan herramientas tecnológicas en el aula: tenemos en nuestras escuelas aprendientes cada vez más “digitales”, donde lo audiovisual y ´online´ concentra toda su atención; entonces, en lugar de ser una barrera para el conocimiento debe ser una estrategia de interacción y autoaprendizaje, con la que el maestro adquiera el papel de facilitador y guía.

Es necesario reinventarnos como docentes, crear ambientes de clase dinámicos donde los discentes a través de la lúdica, la expresión corporal y la interacción social puedan acceder a la información, a desmenuzar la palabra, hacerla suya, y construir luego la propia. Todo esto nos permitirá formar niños y jóvenes con capacidad analítica y crítica, que no sean solamente un número en una estadística, sino una semilla que ayude a germinar un mejor futuro.

por: Nicoll Reyes – Alejandra Zarta

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