De amores y odios

Por: Diana Celi

Las redes sociales no deben ser satanizadas sino utilizadas con inteligencia. Sé de muchas personas que prefieren mantenerse alejadas porque las ven como una amenaza a la privacidad, como una forma de malgastar el tiempo o porque consideran que no las necesitan, simplemente. Sin embargo, como muchas otras cosas en la vida, habría que mirarlas desde otra perspectiva y considerar qué tantas ventajas tienen en comparación con los posibles contras (así como intentamos hacer con el plebiscito de hace un mes; pero, bueno, ése es otro tema) y, en consecuencia, elegir la que más se adapte a lo que estamos buscando.

Considero que puedo hablarles del asunto con algo de propiedad, dado que yo misma, hace un tiempo, estuve reacia a entrar en ese loco mundo de lo virtual y, ahora, en Twiter tengo 226 seguidores y sigo a 404; seguro para muchos de nuestros jóvenes lectores parecerán pocos, pero mi filosofía twitera no es tener miles de seguidores sino encontrar gente que me parezca interesante por como escribe y lo que allí comparte. De Facebook, la red más popular del mundo, “me di de baja” hace mucho porque me resultó insulsa y agobiante por tanta fruslería que allí se encuentra uno (como cuestionarios para saber a qué famoso uno se parece, qué animal pudo ser uno en una vida pasada, enterarse uno hasta qué desayunan los amigos, de los amigos de un amigo lejano…) una pérdida total de tiempo, opino.

Las hay para todos los gustos: Instagram es para quienes gustan de tomarse mil fotos diarias y publicarlas para saber qué opinan los demás; Facebook es una cadena de gente que tienen algún vínculo entre sí y allí se ponen al corriente de sus vidas (ahora dizque en tiempo real con esa aplicación que permite mostrar lo que uno está haciendo, ¡válgame Dios!); Linkedin es una red profesional en la que se “cuelga” el currículo para hacer contactos de índole laboral, nada más; en Twiter se interactúa con desconocidos, se escribe y se lee todo el tiempo, pero brevemente porque uno no puede emplear más de 140 caracteres, se comparten opiniones sobre temas diversos: música, literatura, política… y nunca se encuentra uno con fotos de cenas, bautizos, matrimonios o cumpleaños; WhatsApp ,sirve para estar en contacto con las personas con las que uno requiere una comunicación permanente: es básicamente un medio para decir lo que se necesita cuando se necesita… En fin, son más de 40 y la mayoría le brinda al usuario la opción de decidir con quién quiere o no interactuar.

Es comprensible, no obstante, la renuencia de muchos, el mismo Ernesto Sábato, en La Resistencia, dice que: “Al ser humano se le están cerrando los sentidos, cada vez requiere más intensidad, como los sordos. No vemos lo que no tiene la iluminación de la pantalla, ni oímos lo que no llega a nosotros cargado de decibeles, ni olemos perfumes. Ya ni las flores los tienen”. Es cierto, pero es porque las personas no saben poner límites ni establecer prioridades. Uno no se puede pasar todo el día interactuando con extraños mientras descuida su familia o su trabajo; no se debe olvidar que la vida real está a este lado de la pantalla.

Escribiendo este modesto artículo viene a mi mente Julio Cortázar y ‘Más sobre las escaleras’, uno de los relatos breves que escribió acerca de este objeto que tal parece le intrigaban tanto como a Borges; el espejo. Allí el autor describe cómo algo tan común como una escalera puede abrirnos un mundo de posibilidades inimaginables siempre que seamos capaces de subirlas de espaldas y disfrutar de lo impensable: “con un poco de suerte llegue hasta el horizonte de verdad, el de la definición que nos enseñaba la señorita de tercer grado. ¿Y el cielo, y las nubes? Cuéntelas cuando esté en lo más alto, bébase el cielo que le cae en plena cara desde su inmenso embudo (…) A lo mejor después, cuando gire en redondo y entre en el piso alto de su casa, en su vida doméstica y diaria, comprenderá que también allí había que mirar muchas cosas en esa forma, que también en una boca, un amor, una novela, había que subir hacia atrás”.

Se me antoja que así podemos hacer con las redes sociales que hoy son objeto de amores y odios. En lo personal, ni las odio, ni las amo, solo las uso, las manipulo, tomo lo que me sirve y lo que no lo desecho. Me distraigo, de la rutina que a veces me abruma aventurándome al encuentro con el otro, con los otros que como yo, en algún lugar del mundo, se dan cita conmigo para compartir su música, un fragmento de lo que leyeron esta semana o escribir cualquier banalidad que se les ocurra porque así también se puede disfrutar la vida.

Inténtelo y tal vez pueda ver cómo lo tóxico no es la red en sí, sino la gente que traslada sus vicios y necedades a estos nuevos escenarios de comunicación y en ese caso uno puede, con un solo clic, decirle adiós al fastidioso; cosa maravillosa que no se puede hacer tan fácil en la vida real. Hacerlo con mesura es la clave y permanecer el tiempo justo para “conocer” nuevas personas (porque, finalmente, lo que allí hay son seres humanos como usted y como yo) y retirarse cuando sienta que es necesario.

Para terminar, presento mil excusas al respetable público que tal vez esperaba de mí algo más trascendental, lo siento; pero a veces es sano escribir algo “light” para descansar de tanta rigurosidad con la que uno se acostumbra a vivir esta única vida que tiene. Ojalá hayan podido encontrarle sabor a lo que he dicho y perdonen lo poquito.

Por: Laura Cruz – David Rivadeneira

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