Un camino de herradura que conduce a la paz

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Alrededor de cuatro años de negociaciones dejaron un sinsabor en la boca de más de un colombiano. Con una mesa compuesta por dos partes: de un lado, un bando con un historial de crímenes de lesa humanidad, cargando el resentimiento e incluso el odio de las numerosas familias víctimas del conflicto; y por otro lado, un gobierno que bajo la batuta de la pacificación logró un segundo periodo presidencial para llegar a un acuerdo que implicara la firma de la paz y salvaguardara lo que se realizó en la Cuba de Fidel. Sin embargo, y pese a los esfuerzos, es el pueblo quien aún mantiene vivo el dolor de la partida de un ser querido, de la impotencia por haber sido sacados de sus propiedades, lamentando el desarraigo histórico y la pérdida de memoria de un país con alzhéimer, que pelea aún la guerra desde la capital moviendo sus fichas en el campo.

Ni siquiera lo que se consideraba como ‘la más trascendental decisión popular en la historia del país’ pudo estimular al electorado. La pobre participación ciudadana en otros procesos democráticos de las últimas décadas es indicativo de que se ha perdido la consciencia de la efectividad de esos mecanismos para lograr cambios. Sumado a ello, la polarización, con respecto a las 297 páginas que contenían el epítome de cuatro años de negociación, y poco tiempo para digerirlas, produjo indecisión y terminó por cansar a un amplio sector del pueblo colombiano.

Andrés Olivar, magíster en estudios políticos, observa con optimismo el futuro social del país, que más que recordar la guerra, debe estar preparado para cambiar su imaginario colectivo guerrerista y estar dispuesto a ir más allá de los hilos pasionales que nos mueven, para reflejar a través de los actos el proceso transitorio que tendrá lugar, paso a paso del camino, y que se consolida lentamente con las acciones de los colombianos.

El empate técnico que tuvo lugar el 2 de octubre dejó como resultado un país divido en dos y una abstención del 62,6%, la mayor en los últimos 22 años. No queda sino esperar el ‘as bajo la manga’ con el que rescatarían del naufragio al mundialmente sonado proceso. Olivar expresó que “tenía que pasar esta victoria del NO para que se hablara de un proyecto de reconstrucción nacional y de unidad nacional” (sic), lo que termina por reafirmar el hecho de que era necesaria la vinculación de todo el plano político a la mesa de negociaciones, y evitar así la polarización que dominó el panorama electoral.

Colombia: oficialmente dividido y cada vez más polarizado con un 49,78%, votando a favor, y un 50,21%, en contra de los acuerdos negociados por el gobierno de Juan Manuel Santos; y un Centro Democrático proclamando el NO, con una gran adhesión de sufragantes reclamantes a viva voz de la revisión de los acuerdos, así como de su modificación. La cadena de eventos y protestas que desencadenaron los sentimientos de aversión contra lo pactado en La Habana fue un importante ítem en el camino a la paz. Nancy Vélez, habitante de Girardot, quien renegaba de los puntos del acuerdo, argumentó que “vote por el No (…); pero, si hubiera tenido más conocimiento con respecto a las páginas, mi posición hubiera seguido siendo la misma” (sic). La apatía referida al proceder político del gobierno colombiano y el tono utópico que rodeaba la expresión del ‘fin de la guerra’ fomentó  incredulidad en el pueblo, que no estaba dispuesto a ‘tragar más sapos’, siendo este el plato frío que se sirvió por más de cincuenta años en el ‘país del Sagrado Corazón’.

Del otro lado del ajedrez, un SÍ que estuvo respaldado por la comunidad internacional. Figuras como el Papa Francisco, altos dirigentes políticos y algunos inversionistas que posaban sus ojos en Colombia, cuan buitre a la caza, como potencial productivo industrial y de creación de empresa, todo con la prospección de que impulsaría la economía en el país, la cultura, la calidad de vida y se le daría una segunda oportunidad a Colombia de que pudiera sanar viejas heridas de guerra. Promesa lanzada por la borda debido a un show mediático despiadado que jugó con el dolor ajeno de los verdaderos protagonistas de la historia, quienes llevan caminando muchos años de la mano de la esperanza por aquel sendero olvidado por todos, en marchas de silencio alentadas por la necesidad de ver descansar en paz a quienes partieron con la expectativa de volver al seno de su hogar. El docente William Delgado afirmó que “el acuerdo invita no solamente hacer paz, sino que a todos nosotros los ciudadanos de a pie hagamos control de él”.

Colombia merece avanzar por un campo desminado, nuevamente, izar una bandera blanca y gritar con orgullo que promueve la paz. Quizá, es este impedimento de seguir adelante, lo que nos ata a no transmutar, a que el discurso típico de guerra y muerte nos arrulle en sueños y los tiros nos levanten en compañía del primer canto del gallo en la mañana. Quizá ya no hay fuerzas para continuar caminado o la energía se esté agotando después de una larga espera. Si hay algo claro es que el camino aquí no termina, que la meta no anda lejos y hacen falta los lentes de la sensatez para despejar la neblina del panorama. Debemos ponernos los zapatos del otro para continuar la caminata, por si los nuestros se desgastan en la marcha: salir y batallar con verdades, armarnos de perdón e impactar de ejemplo al universo… que está esperando a que actuemos en pro de una segunda oportunidad de vida.

Por: Ángela Bermúdez – Nicoll Reyes 

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