Problemáticas ambientales

El hombre, desde su aparición en este teatro cósmico, ha imprimido una huella sobre el planeta que es fácil de rastrear: las pinturas rupestres en infinidad de cavernas, las implicaciones del control del fuego y también, las de su descontrol; los artilugios necesarios para la comunidad civilizada, la ineluctable tentación de jugar a ser Dios con sus consabidos juguetes megalomaniáticos, la insensata pugna contra el tiempo que deviene en una abominación de su naturaleza biológica y finalmente degenera en un sinsentido de estar plenos de ingenios hedonistas que determinan en un giro lingüístico propio del malabarista: “Calidad de vida”.

No nos detengamos en la cómoda postura maniqueísta; ¿qué tan bueno o necesario es esto o aquello? Allende nos espera el “¿qué hacemos con la huella?”. Es claro: a partir de los inconmensurables cambios que ha recibido el paisaje natural por parte de la mano del hombre, el planeta hoy grita ¡muerte! Se secan sus ríos, crecen los desiertos, los océanos engullen las costas, animales clasificados y por clasificar se convierten en realidad virtual de las enciclopedias y un extensísimo etcétera se une a los celebérrimos jinetes del apocalipsis de Malthus: Cambio Climático.

Ahora bien, traigamos a cuento la pertinaz propuesta que ese cambio es propio de los ciclos atmosféricos y por tanto, el aumento global de la temperatura es un producto apenas lógico y consuetudinario de la dinámica en los sistemas de la Tierra. Es más, agreguemos y aceptemos, para aquellos escépticos, que sí es cierto que la presencia del hombre ha incidido de forma negativa en esos ciclos; pero jamás con el grado de afectación que algunos empecinados ambientalistas le pretenden endilgar a la ‘era industrial´. Y ultimemos con un: “la madre tierra ya tiene una buena cantidad de años, y eso pasa factura… la pobrecita ha empezado a desvariar”.

No obstante, la anterior, y muy vívida discusión con todas sus respectivas causas que detallan el porqué de semejante fenómeno, los grados de culpabilidad del uno o del otro frente a ese cambio climático y toda la serie de desvergonzados que pretendan sacar provecho de una postura o de la otra; no nos puede alejar ni mucho menos excusar de las responsabilidades que debemos afrontar en cuanto al cuidado ¡ahora! de nuestro planeta. Ya no solo cobra valor el saber cuál es la huella que hemos o estamos imprimiendo, sino cuál es la huella que habremos de imprimir.

Por ello, es importante que el cambio inicie ahora y con pequeños actos que demuestren, que de verdad demuestren, que el planeta Tierra importa; es el momento de parar y dejar de lado las costumbres consumistas que sin duda alguna son las que más repercusiones le han causado al único planeta en el que los seres humanos pueden vivir. Sin duda es deplorable examinar hasta dónde ha llegado el afán de lucrarse de diversas empresas que han decidido dejar sus países de origen para echar raíces en lugares remotos que hasta hace algún tiempo no padecían la contaminación.

Colombia es un claro ejemplo de ello, no sólo por el desinterés absoluto de sus ciudadanos sino por la cabida que le han dado los dirigentes a diversas multinacionales. Infortunadamente, hasta cuando las personas comprendan que el dinero no se come, ni se bebe, empezaran a valorar y a respetar la biodiversidad que por tanto tiempo ha caracterizado este territorio. Aunque claro, algunos hacen caso omiso y deciden pensar que este planeta fragmentado por los excesos nunca colapsará… Ojalá y cuando menos se lo esperen no les pase una cuenta de cobro.

Es menester que comencemos a reconocer la responsabilidad que tenemos respecto del deterioro que ha padecido la Tierra y que por consiguiente emprendamos nuevos proyectos que generen respeto por ella. Aunque nosotros no produzcamos aparatos tecnológicos o tengamos fábricas, sí somos consumidores de cosas que de verdad no necesitamos. Si el ser humano replanteara diversos aspectos de su vida y aprovechara la naturaleza entendiendo los beneficios que regala muy seguramente aquellos países ricos en bosques, ríos y mares, serían hoy en día potencias mundiales.

Por: William Delgado, docente de la Universidad Minuto de Dios – sede Girardot. 

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