Cicatrices de la infancia

Relatos de una violación
En la vida de una mujer adulta, aún se esconde la niña que fue ultrajada por un familiar y que, al mismo tiempo, pierde el amor de su madre.
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Marcela, víctima de abuso sexual. Fotos por: Marcela y edición por Catalina Ricaurte

Lo más curioso de “Marcela” (nombre supuesto para proteger la identidad de la afectada) es lo tranquila que se encuentra frente a su propia vida, no tienta lástima con miradas esquivas, no titubea al hablar del tema; es gentilmente burda y graciosa de manera suave… no pretende arrastrarse por un mundo injusto con la idea de que la vida no merece su presencia. Nos resulta difícil poder encontrar rastros de sufrimiento, tal vez los ha escondido tan bien que ni ella los siente. No sabemos de su niñez y nos sosiega profundamente verla sonriente y con ganas de más. Todas son nuevas aventuras y todas las quiere compartir.

Nació el 21 de febrero de 1991, pero desde 2002 sabe lo que es vivir por cuenta propia. Abandonó por completo la idea de seguir su inocencia, y las ganas por salir de su niñez rindieron fruto. A sus 21 años ya intimida con su mirada firme y estrepitosa; hace sentir que de golpe corrompe el alma, se escabulle de las dudas que en cualquiera se encierra. Aun así, cerca de lo oscuro de su alma encontramos un rosado intermitente que embelesa y embellece un gesto de su rostro, y en su eterna soledad es confidente de todos.

Hace poco compartimos con ella una tarde. Entrar en su habitación, es entrar en la recámara de una dama, los zapatos organizados por color, estampado, altura, diseño y, porque no, antigüedad. Su cama reflejaba que en ella duerme una niña y despierta una mujer. En un pequeño rincón tiene sus carteras, podríamos fácilmente juntarlas con los zapatos y armaríamos una colección exquisita para cualquier mujer. A un lado tiene el tocador, del cual sobresalen pequeñas y grandes fotografías, con ella como protagonista; cada toma parece tener un mensaje oculto, es sublime poder descifrar dentro de cada gesto un sentimiento.

“Hay cosas en la vida de un niño que siempre se pasan por alto. Cuando somos niños, somos seres solitarios, vemos lo que queremos ver y no lo que deberíamos ver” : “Marcela”.

Nos retamos a conocer la vida de “Marcela”, aunque a ella no se le veía ferviente el querer contarnos su historia con lujo de detalles, decidimos pasar por la vergüenza de preguntarle nuevamente que fue eso que la hizo madurar, aquéllo tan repulsivo que su corazón negaba recordar y su garganta impedía que de ella salieran palabras bien articuladas. Sus ojos se vuelven distantes, no eluden nuestra mirada; contrario a ella, sus ojos se disipan, quedan en blanco: sus pupilas se dilatan como si a lo lejos algo se acercara. Es imposible no sentirse víctima de su propio pasado.

El abuso en su vida

Llegamos a las tres de la tarde, hablamos de todo menos de ella, queriendo llegar a tan delicado tema; pero, antes de mencionarle nuestra intención, ella nos interrumpió: “Hay cosas en la vida de un niño que siempre se pasan por alto. Cuando somos niños, somos seres solitarios; vemos lo que queremos ver y no lo que deberíamos ver. Soñamos con todo, creemos que los adultos son iguales a nosotros, pero no es así. Los niños sufren de complejos: ¿será que soy fea o será que soy bonita; creceré y seré grande como un superhéroe o creceré y seré grande como mis papás?”

Sus confesiones, más que cínicas eran intrépidas, esperábamos que en cualquier momento una lágrima rodara por su rostro o que una sonrisa se dibujase en sus fauces. Sentíamos que la confusión acabaría con nosotros antes de llegar al tema crucial. Pero ella, se mostraba pacífica, nada le molestaba en ese momento. Sentada en una silla de metal retorcido y amorfo irradiaba seguridad y confianza; sin embargo, nosotros nos sentíamos extraños y por un momento, compartimos los mismos sentimientos de aprehensión y recelo.

En definitiva, cuando la confesión se acercaba, nuestros oídos se agudizaron. Entonces exclamó: “No recuerdo cúal fue el día en que todo ocurrió. Tenía siete u ocho; cerca de nuestra casa vivían mis tíos. Aún recuerdo cuánto me agradaba ese señor: era un hombre de mediana estatura, tenía un poco de barba en su rostro, nada escandaloso. Él me cuidaba en las tardes, ya que mis padres trabajaban todo el día”. No sabemos por qué de todas las veces que estuvo con él, ese día, aquel hombre tuvo la idea más retorcida y, lógicamente, su odio eterno.

“Lo primero que hay que hacer con un menor abusado es crear un ambiente donde se sienta seguro para hablar de su experiencia y donde no se sienta culpable por lo sucedido”: Yojana Ibáñez.

“Marcela”, a sus 24 años, se recupera de aquel día cuando su inocencia fue interrumpida; amarrada a un recuerdo desagradable y tortuoso. “No intento despertar lástima, fui una de tantas víctimas en este país”. En la actualidad, es madre de una pequeña, a quien cuida tanto como su madre la cuidó a ella antes de ser asesinada. “Marcela” no sólo perdió una parte de ella, también perdió su guía en el camino, su sendero intermitente… al único ser que la amó hasta su último suspiro. 

¿Qué opina la sociedad?

Las violaciones a menores son un tema escabroso. Al querer encontrar el porqué de estas acciones nos preguntamos sobre cuál entidad inmersa en la sociedad son las adecuadas para ello. Cierto número de ciudadanos opta por un consejo dictaminado por la religión; frente a ello, el capellán de la Uniminuto, Yezid Ávila Díaz, recomienda que “acercarse a la iglesia es el camino para la razón espiritual (…). Como una entidad de fe, encomendamos a los afectados para que acudan a las entidades judiciales pertinentes” (sic). 

Marcela ahora es madre de una pequeña de 4 años. Foto tomada de la Web
Marcela ahora es madre de una pequeña de 4 años.
Foto tomada de la Web

Pero, ¿serán eficaces las guías espirituales brindadas por la religión? Algunos prefieren acudir a psicólogos, como lo recomendó María Rodríguez, madre de familia, quien explicaba que “es lo más indicado para tratar las violaciones sexuales desde el interior de la víctima, valiéndose de la confianza que el menor deposita en ellos mediante orientación y capacitación luego de un abuso sexual” (sic). La psicóloga, Yojana Ibáñez explicó que “lo primero que hay que hacer con un menor abusado es crear un ambiente donde se sienta seguro para hablar de su experiencia y donde no se sienta culpable por lo sucedido”.

Este flagelo parece no tener fin. Únicamente podemos proteger a nuestros menores de los abusos a los que están expuestos en su núcleo social y familiar, como lo afirmó la trabajadora socia Magnolia Rivera, para quien “la mayoría de los abusos a menores provienen principalmente de los familiares cercanos de los que nunca sospecharíamos: sus padres, tíos, primos, aparecen en las estadísticas como los principales victimarios” (sic). Por el momento, historias como las de “Marcela” continúan apareciendo en los titulares de los medios.

Por: Catalina Ricaurte – Jairo Carrillo

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