¿Qué es el poder?

Editorial

Por: Martha Vergara

El escritor y columnista venezolano, Moisés Naim, nos brinda un recapitulación de las distintas formas de poder y de “poderosos que existen en el ámbito social”.  Ante esto surge la necesidad de entender lo que significa el poder, aquella acción de inspirar miedo, respeto y, de una u otra manera, crear una opresión sobre los que se ejerce el  poder. Ahora bien,  el poder del  que Naim habla, es aquel que proviene desde las distintas esferas sociales, desde la religión, la política,  de la milicia  y,  por supuesto, de aquel poder que brinda la economía.

Desde el inicio de las civilizaciones, la religión ha sido el principal  dueño del poder, ha  decidido lo que  se debe hacer y lo que no es correcto. De igual manera, a pesar de que el poder de la Iglesia y  los papas pueda parecer un poder desligado de la política,  en realidad su relación ha sido cercana y  esto se ha podido evidenciar en los nexos de los gobiernos con el clero.

Con el nacimiento de la democracia, pareciera que el poder hubiese cambiado de manos, que el poder se  hubiese transferido al pueblo, cuando en realidad  han sido los gobiernos y sus fuerzas militares los verdaderos dueños de él y los hacedores de leyes en las naciones. Por otra parte, la economía ha sido la mayor  generadora de poder: las grandes empresas dignas del modelo capitalista occidental por excelencia han sido las que han estimulado los gobiernos, sus empresarios y mandatarios, otorgándole un poder infinito a quienes acumulen riquezas.

Ante esto, se  reinventa el poder. Cómo ha cambiado de manos, cómo se ha transferido, desde  las grandes revoluciones hasta las pequeñas bandas insurgentes, demostrando de esta manera lo efímero que puede llegar a ser el poder en manos de quien no pueda administrarlo.

La manera de obtener el poder en la actual  época parece ser fácil; lo realmente complejo es mantenerse en él. Las revoluciones de donde salieron victoriosas  minorías  o las de aquellos grupos insurgentes que deciden rebelarse contra sus gobiernos, han logrado obtener de cierta manera el goce  del poder, al no estar este institucionalizado, es decir, ya no se encuentra focalizado, sino que se ha convertido de libre acceso para cualquiera, ya sea por la globalización reinante o por   el sistema económico que rige.

No se podría desligar el poder del dinero. Pero éste no es herramienta primordial para obtenerlo.  Pese a ello,  el  poder lo han detentado minorías insurgentes con pocos recursos, ¿se puede tener más dinero que un gobierno? Y es que a pesar de  que los gobiernos sean los dueños de los recursos, son estos mismos los  que por su inoperancia en  los 60, promovieron un ideal de revolución, pensado al inicio como un gesto de rebeldía, que poco a poco fue tomando fuerza, hasta  derrocar a   grandes “monstruos”, debilitados o lo que  Moisés Naím llamaría “atomizados y fragmentados”.

Son por tales carencias en las que se han beneficiado los grupos insurgentes en la obtención del  poder: en nuestro país. El hecho de poseer a integrantes de la extrema izquierda dialogando por el futuro de Colombia en una mesa de conversaciones es un ejemplo de cómo el poder tradicional  ha llegado a su mínima expresión: el poder establecido, el de los gobiernos. Ahora bien, ¿qué tan beneficioso es que la “torta” ya no se reparta solo entre los grandes grupos, sino que el poder pueda llegar a manos equívocas?

El poder ya no se puede  visualizar desde las naciones, sino desde un fenómeno que va en constante crecimiento, las nuevas tecnologías; aquéllas de la información,  propias de la globalización. Y es que ha sido este fenómeno de la globalización, y el afán por lograr la emancipación de los pueblos, guiados por la ira. Las pocas oportunidades laborales, donde la labor no se aprecia, como los ejemplos expuestos por el autor en la `Primavera Árabe`, estas son   inconformidades que se han encargado de detonar revoluciones. Tan solo es cuestión de esperar que el poder no se haya transferido de `malas manos a manos peores`.

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