Los comunicadores docentes

Editorial

Por: Paola Vargas

Con la celebración, cada año, del Día del Maestro, en Colombia, los 15 de mayo, por aquello de la conmemoración del nombramiento de San Juan Bautista como ‘Patrón de los educadores’, resulta más que necesario repensar en el rol del comunicador social cuando se enfrenta a los embates del aula de clase como docente. Ya que cada día, la comunicación social como campo de formación profesional cobra mayor interés entre hombres y mujeres de todo el mundo.

Sin ir muy lejos, muestra de ello, ha sido la aparición de organismos que agrupan a  las distintas facultades y escuelas que disponen de tal programa académico. Para el caso latinoamericano, existe la Federación Latinoamericana de Facultades de Comunicación Social (FELAFACS), entidad que además de ser reconocida por la UNESCO,  ya hace presencia en 23 países de América Latina y otras regiones del cono sur. Ahora, en el territorio colombiano, con más de 30 años de trayectoria y 55 facultades afiliadas, se encuentra la Asociación Colombiana de Facultades y Programas Universitarios en Comunicación (AFACOM).

Aunque exista un sinnúmero de instituciones de educación superior que promocionan atrayentes mallas curriculares que se asocian con las contingencias de la industria mediática de hoy, lo expuesto líneas atrás, sugiere que el manejo de la información a través de los medios o agencias de noticias, no es el principal escenario de acción de un comunicador. Pues, seguramente, la diferencia que proporciona cada una de esas 55 universidades que están vinculadas, al menos a la AFACOM, mantendrán una mirada y un camino pedagógico distinto que oriente tanto el programa académico, como la labor docente hacia otros desafíos.

Uniminuto por su parte, regido por la máxima del padre Rafael García Herreros, “Que nadie se quede sin servir”, consolidó una visión distinta de la academia, no solo al servicio de la generación de nuevo conocimiento, sino que  apostó por el cambio social; ese que contribuye fortalecimiento de la capacidad de su gente para la transformación de la realidad y sus complejidades.

Con esa premisa, entonces, el programa de Comunicación Social y Periodismo llegó a Girardot desde hace poco más de diez años. Surgió “en respuesta a una combinación de necesidades sentidas por los habitantes del Alto Magdalena y que tienen que ver con la búsqueda de mecanismos de participación, de expresión, de construcción colectiva de sentidos y de formación de excelentes y pertinentes profesionales de la comunicación social y el periodismo que ayuden a la construcción de procesos democráticos en su región y aporten a su desarrollo humano y social” (Uniminuto, 2012).

Luego, el auge de los dispositivos y sus aplicaciones  móviles, las novedades propias de esta cultura digital, el pesimismo político producto de procesos fallidos, las dinámicas socioeconómicas a la que asistimos como testigos de excepción, con o sin problemáticas,  implican ceder un espacio  en el aula a la idea de no solo preparar y preparase para entender cómo surgen los acontecimientos que hacen historia, sino cómo se debe desenvolver el comunicador  frente a su realidad; ésa que palpa en la cotidianidad de su casa o trabajo. Y que se convierte en una lucha para sobrevivir y que, naturalmente, tiene que asociarse con el mejoramiento continuo.

Lo que solamente puede conseguirse validando el proceso de aprendizaje entre el comunicador, que va más allá del rótulo del docente y que busca construir una relación con el estudiante, no a partir del arrume de lecturas que se entregan en una clase o la lista interminable de notas por corte académico, sino por la reflexión que suscita el diálogo de saberes y experiencias permanente.  Estas últimas no obtenidas únicamente a través de títulos de postgrado ni pegados de un cartapacio de teóricos, también y, sobre todo, a partir de la experiencia que otorga batallar en otros campos de acción que distan del tablero de clases que, por supuesto, nutren el proceso de enseñanza.

Porque la comunicación, por su naturaleza como facultad inherente a la condición humana, no podrá jamás limitarse en su alcance. Por eso, hablar de enseñanza de la comunicación social implica entender que quien se dé al reto de formar nuevos colegas habrá también de saber hacerlo en otras arenas. Empero, como orientador para apenas contribuir a potenciar las capacidades del estudiante. Este último responsable de la otra parte del proceso, en la justa medida que asume su formación con una visión de su rol más allá del instrumentalista, que mediocremente presume que el acceso o la cantidad de herramientas que tenga a la mano, como los dispositivos tecnológicos, lo harán un buen comunicador. Pues ni la cámara ni el laboratorio hacen al fotógrafo. En lo sucesivo, tampoco al comunicador. Porque para conseguirlo se necesita ser un buen ser humano, sensible a la vida; una buena persona que reconoce y da valor al otro, y un buen ciudadano, que participa para la construcción colectiva de una mejor sociedad.

Por lo que sigue, el oficio del comunicador que determine la docencia como una opción de vida, no porque fue la única oferta laboral que ha tocado a su puerta, deberá olvidarse de una actitud policiva y encauzar sus esfuerzos, como dice Jesús Martín Barbero, hacia “el modelo más antiguo, y en cierta medida y ámbitos, el más ‘noble’, es el humanista, que da la primacía a la formación ‘integral’ de la persona por encima de la adquisición de destrezas e incluso de saberes, y que tiende a supeditar cualquier razón científica o política a la razón moral”. (Barbero, 2011)

REFERENCIAS:

BARBERO Jesús Martín, (2011). Revista Signo y Pensamiento No. 59, Págs. 18 – 40; volumen XXXI; julio – diciembre 2011.

UNIMINUTO, (2012). Proyecto Curricular del Programa de Comunicación Social – Periodismo. Pág. 11.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *