Entre lo mediático y lo humano: aportes de las redes sociales a la formación de comunicadores sociales

Editorial

Por: Paola Vargas

Aunque exista una creciente tendencia a satanizar las redes sociales, por cuanto material mediocre, ligero, patético y vulgar – si se quiere llamar de alguna manera- circula entre ellas, que por cierto no el único -también existen publicaciones interesantes, de carácter informativo, científico y social-, su aparición merece ser objeto de reflexión debido a la dependencia que ha venido generado entre mujeres y hombres de todas las edades y, sobre todo, por los aportes que proporcionan al oficio del comunicador social colombiano. Ya que hoy por hoy, casi nadie ni se resiste ni se escapa de ellas –las redes sociales-. Ni celebridades del mundo del arte ni personajes del acontecer político nacional ni incluso el más anónimo de todos logra librarse de su alcance. Pues ni siquiera la ausencia de una cuenta propia en esos portales virtuales, lo exime de desconocer la información que por allí se agolpa.

Muestra de ello, son los esfuerzos de los noticieros colombianos como Caracol, solo por citar uno, que tiene una sección destinada para mostrar a la teleaudiencia‘ qué es lo más trinado’ en redes como Facebook, Twitter, Instagram o Tuenti, esta última de mayor uso en Europa, por su origen español; pero que ha conseguido un lugar en el corazón de los colombianos que tienen cierto contacto con la ‘Madre Patria’.

Luego, lejos de poner en una balanza cuál es la mejor en términos de circulación de contenidos, porque no hay punto de comparación; cada una obedece a dinámicas e intereses distintos.

Facebook con todas las transformaciones que ha sufrido en sus once años de existencia pasó de ser un experimento de comunicación universitaria interna, de un cuarteto de estudiantes que ahora son multimillonarios – Mark Zuckerberg, Eduardo Saverin, Chris Hughes, Dustin Moskovitz- a un fenómeno de consumo masivo de información, por su presencia en más de 100 países del mundo. Es decir, de los 198 matriculados en la ONU, en 110, Facebook ha cruzado fronteras y conseguido usuarios.

Ahora, qué decir de Twitter, representado por una dulce avecilla azul celeste; de los nueve años que lleva ‘al aire’, su capacidad para agitar ‘la cosa política’ como diría la periodista Vicky Dávila, ha sido más que efectiva. El hoy senador de la República y expresidente de nuestro país, entre 2002 y 2010, Álvaro Uribe Vélez, quien un año antes de  terminar su mandato por aquello de mantenerse hiperconectado con los sucesos del día a día, hizo de su afición como ‘neotwittero’un trampolín para mantenerse vigente en la prensa; con lo que ha conseguido no solo causar ampolla de vez en cuando por sus declaraciones explosivas sino alcanzar un rosario de cifras absurdamente envidiables para cualquier community managment: 35, 4K tweets y 3.83M de seguidores. Esto es, más de tres millones de personas que están atentas a la expresión de sus ideas por este medio.

Por su parte, Instagram, con una data más reciente -apenas cinco años en el mercado-, a pesar de su limitante inicial, que fue ser concebida como una aplicación exclusiva para iPhone y sus hermanos iPad y iPod- luego se publicó una versión para Android-, ha logrado calar con facilidad en el corazón de sus usuarios, porque les ha hecho creer que no solo capturan la vida en instantáneas; sino que son los mejores fotógrafos para hacerlo, por la variedad de filtros y subaplicaciones que tiene, que permiten editar las imágenes, a través de un sinnúmero de opciones.

De Tuenti, la historia ha sido otra, un poco más corta y con otros propósitos. Apareció en 2006 como red. Pero en realidad sus primeros pasos los dio como un operador del servicio telefónico móvil en Madrid, España. Así que quienes utilizaron la red inicialmente fueron aquellos que tenían su línea telefónica.  Lo que pasó fue que con el tiempo, la compañía diversificó las opciones de comunicación y de llamadas o mensajes de texto, saltó a una plataforma que también permitía compartir fotografías, vídeos y otros contenidos con mayor libertad y economía. Lo que la posicionó entre 2009 y 2012 como la principal red social en ese país, en una época cuando los españoles probaron la desazón de la crisis económico que llegó para quedarse.

Luego, cuestionar las redes sociales no es un tema baladí. Que suene a más de lo mismo, no quiere decir que lo sea. Es un ejercicio válido y urgente por dos razones esenciales. Por una parte, porque no tenemos escapatoria, hasta otros medios masivos se preocupan o robustecen su agenda informativa por las declaraciones o contenidos noticiosos que allí aparecen. Por otra, porque es menester de los comunicadores, en formación o titulados, no solo mantenerse bien informados, sin importar el camino que lleve a los sucesos, sino para entender las dinámicas sociales y las contingencias de la realidad de estos tiempos; que es una muy distinta a la que le tocó experimentar a nuestros antecesores y ni siquiera por los avances tecnológicos –ellos vivieron el nacimiento de la radio a la televisión, el computador y el celular-, sino por lo mediático que suele ser todo ahora.

El día a día de las personas y las relaciones que sostienen con otras y el entorno: las emociones, los sentimientos, la intimidad, todo absolutamente ahora, circula más que siempre gracias a la aparición y auge de las redes sociales. Lo que no solo pone en jaque la privacidad, la seguridad de quienes muestran y cuentan más de lo necesario, también contribuyen a la exacerbación a conductas asociadas al acoso, obsesión, burla, violencia en diversos ámbitos y, sobre todo, a la deshumanización respecto de la vida del otro.

Y es que una cuota de la responsabilidad la tienen también los dispositivos electrónicos, porque nos pusieron en las manos la ‘papa caliente’ de la inmediatez, gracias a la velocidad de la 4G a la tercera generación de las tecnologías de telefonía móvil y el acceso a las redes sociales que aparecen instaladas en los equipos o, en su defecto, su uso es “gratuito” como vino Zuckerberg a sellarlo en un pacto con Juan Manuel Santos, hace poco.

De cualquier manera, otro pedazo de esa responsabilidad compartida la tiene el comunicador social –periodista cuando en campos profesionales distintos de los asociados al periodismo hace uso, genera o gestiona contenidos en tales redes desobligadamente. Sin medir más allá de las métricas que puede proporcionarle Google Analitycs, el impacto que generan sus publicaciones, en términos de la creación de comunidades sociales y no solo de audiencias. Que son dos cosas que suenan parecido, pero muy diferentes. La primera es predispuesta, clasificada por el carácter de los mensajes; esto tiene que ver con el perfil del destinatario de la comunicación. La segunda es el resultado de los afectos construidos por la relación entre mensaje-destinatario y sentido de la comunicación.  Como señala Gaby Castellanos, quizás una de las figuras más importantes en ‘social media’ de los últimos tiempos, aunque las audiencias son importantes porque son “el primer paso para crear comunidad  (…) sin las relaciones emocionales, sin conectar con el corazón de la gente jamás se tendrá una comunidad”.  Esos comunicadores que creen que hacen las cosas bien -porque tienen un lugar y suben contenidos en Facebook, Instagram o Twitter, hacen grupos, eventos y tienen algunos me gusta-, si no tienen como ‘caballito de batalla’, una fuerte convicción por conectar voluntades e influir para dar valor a la vida, algo está mal. Porque no se está cambiando la manera de aprovechar el gran potencial de las redes sociales, que llegaron para quedarse y por largo rato.

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