Girardot: una comunidad cultural abierta a partir del rescate de su capital cultural

Editorial norma y federico

Por: Norma Varón y Federico Jiménez

Describir, representar, crear, realizar, escribir, son acciones del sujeto en cuanto su deseo de posicionarse en los entornos y hacerlos suyos, como fuente inspiradora de la constante búsqueda de la inmortalidad. Las utopías todas han encontrado en estas acciones humanas su máxima expresión. Y cuando las civilizaciones en el continuo histórico dejan estas huellas, la humanidad las atesora y las aprecia en la medida en que esos imaginarios colectivos guardados -y quizás olvidados- en anaqueles de bibliotecas y vitrinas de museos, vayan reclamando pertinencia en virtud de la siempre presente urgencia de identidad, misma que se suele ser saciada con nuevas simbologías emparentadas con significaciones pasadas.

Así, en tanto, que las comunidades encuentren en estas expresiones su sentir, su identidad, sus propios sueños representados en obras de arte, monumentos, construcciones arquitectónicas y de ingeniería, en los espacios dedicados al solaz y la recreación, las expresiones estéticas que fluyan de estos lugares serán, por lo mismo, la fuente de sensaciones que incrementan sutilmente la sensibilidad y el espíritu gregario de quienes compartan estos puntos de encuentro.

Satisfacer la necesidad de reivindicar estos espacios como puntos de convergencia de flujos culturales -donde se hallan obras de arte, construcciones arquitectónicas y de ingeniería contribuye a la sensibilización estética y a los procesos de alfabetización visual, entendidos como el incremento de la sensibilidad estética a través de la apropiación de los espacios públicos. Se alienta con ello el espíritu de convivencia como requisito para lograr la tan anhelada paz, reafirmando así tanto el sentido de pertenencia, como el de identidad cultural. Por eso no en balde las civilizaciones dejan constancia de su existencia en sus Épicas y en sus Líricas, en sus edificios y monumentos, en sus cuadros y murales, todo ello fiel testimonio de sus sueños de inmortalidad. Y allí donde las culturas dejan sus huellas, la humanidad toda respeta y sacraliza esos lugares: Jerusalén, Roma, Paris, Atenas, Alejandría, Madrid, para hablar de lo lejano, y Cartagena, Medellín, Popayán, Santa Marta, Bogotá y –ojalá- el Alto Magdalena y su Girardot, para empezar a hablar de lo cercano.

Y es que la memoria visual de Girardot y la región se ha visto afectada en los últimos años. Los objetos artísticos y arquitectónicos que forman parte de los lugares tradicionalmente reconocidos por propios y visitantes han venido desapareciendo por diversas causas. De alguna manera podría afirmarse que estos puntos han sido olvidados, borrados e invisibilizados por y para el público lugareño y visitante. Preguntas surgen entonces: ¿A qué se debe la pérdida de este patrimonio cultural y visual?, ¿acaso existe una especie de analfabetismo visual en los habitantes de Girardot y la región, incluyendo a todos sus administradores? ¿Cuál sería la solución a este problema?

Nuestra hipótesis es que no nos han enseñado a ver. Sin embargo   nuestra   tarea   acá  no es establecer un proceso de investigación que culmine en un inútil juicio de responsabilidades, no somos jueces de nadie.

nosotros es más importante descubrir que estas obras existen, que están ubicadas en el entorno local, al alcance de la mirada de quienes habitamos estos espacios y a la vista de aquellos que nos visitan; sólo así podremos empezar a ver, a mirar y a disfrutar de los paisajes naturales humanizados a través del arte. Proporcionar un punto a partir del cual podamos comenzar a enseñar a apreciar todo lo que la inteligencia y el ensueño crean, esto es, enseñar a sentir con la vista, es el motivo de este proyecto y la razón que impulsa esta investigación.

Así, partimos de considerar a Girardot como una ciudad-región de la cual es el centro. En ella convergen diversos grupos poblacionales que han encontrado allí su asiento, bien sea como lugar de residencia y/o de trabajo. La consolidación de la ciudad como centro regional bien puede explicarse desde su rica historia como un otrora activo puerto sobre el río Magdalena que era paso obligado para los viajeros que se dirigían por esta vía al norte y al sur de Colombia, y que encontraban en la ciudad toda la gama de bienes y servicios típicos de un enclave fluvial. En la actualidad los días de la prosperidad producida por el comercio y la pesca han quedado atrás, dando paso al turismo y a la economía derivada de esta actividad como principal fuente de ingreso para sus habitantes. Cada fin de semana la población flotante de la ciudad se incrementa notoriamente gracias a que es visitada por gentes de los centros urbanos más importantes de la región (Bogotá e Ibagué) y de poblaciones aledañas que vienen a disfrutar de la oferta turística disponible. Es un hecho entonces, que si bien Girardot ha dejado de ser un paso obligado para las mercancías que tienen que atravesar el país desde sus puntos de producción hasta sus consumidores finales -entre otras cosas porque en este punto nuestro pedazo de Magdalena ya no es navegable para barcos de gran calado- seguimos siendo un puerto.

Queremos, por tanto, proponer la afirmación de que Girardot es una comunidad cultural abierta: un centro urbano en el que conviven personas de diversos orígenes y procedencias, quienes -de algún modo- han venido aportando su impronta cultural en el imaginario colectivo de la región. Queremos ver por un lado, si ese imaginario se ve representado en el inventario actual de objetos artísticos y monumentos con los que cuenta la ciudad y por el otro, cómo esos objetos podrían hacer parte más activa de las conversaciones de nuestros habitantes, tanto fijos, como ocasionales. Convencidos de que si y sólo si iniciamos el proceso de enseñar a ver, mirar, disfrutar, crear, recrear, compartir y congregarnos alrededor de lo que nos produce regocijo, alegría, éxtasis, ensoñación, amor y felicidad se encontrará el camino hacia la armonía que permite construir un tejido humano suficientemente sólido, sin el cual ninguna sociedad puede encontrar fundamento.

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