Sobreviviendo ante las adversidades

La vereda del olvido.

El panorama de cómo viven  más de 20 familias en la vereda Piamonte sin alcantarillado y sin ayuda por parte de la Alcaldía municipal. Además, más de 50 niños caminan varios kilómetros por carretera para ir a estudiar.

PIAMONTE es una vereda ubicada a ocho kilómetros del casco urbano de Girardot. Está habitada por más de 150 personas, desde niños hasta ancianos. Existen varias problemáticas en la zona, pero la más relevante, según el testimonio María Lucía Ducuara, habitante del lugar, es que hace más de cuatro años viven sin alcantarillado, lo que genera  malos olores, contaminación, enfermedades y altercados entre vecinos. El drenaje que funcionaba en el lugar se dañó hace  varios años y, asegura también, que nadie por parte de la Alcaldía se ha acercado a sustituir los tubos deteriorados.

Sin embargo, no es la única problemática que azota a la vereda con gravedad. Debido a su lejanía de la ciudad, los niños tienen que caminar varios kilómetros para lograr llegar todos los días a sus clases. La Institución no cuenta con transporte escolar para los infantes y ello los obliga –exponiendo sus vidas- a transitar la avenida principal que comunica a Girardot con Tocaíma.  Además, la inseguridad y delincuencia común  les impiden dejar solas sus viviendas e incluso, no se atreven a salir por la noche.

Sumado a eso, los habitantes tienen que buscar la manera para deshacerse de sus basuras, porque el sistema de recolección de desechos no llega hasta la vereda, dejando que se acumulen en las calles, lo que trae consigo  malos olores y polución. Todos, según Ducuara, tienen que caminar varios minutos al rayo del sol para dejar las bolsas en un botadero comunitario creado por ellos mismos, y en donde todos los fines de semana queman las basuras con un poco de gasolina.

Buscando alternativas

El líder comunitario, Jairo Jesús Larrahondo, afirma que se ha gestionado con la Alcaldía la construcción de un nuevo alcantarillado y que, de allí, envían funcionarios a realizar una labor investigativa para calcular costos; pero que más que eso, no ha pasado nada. La mayoría de las casas funciona con pozos sépticos, que son elaborados por ellos mismos y con la intención de crear un mecanismo para el tratamiento de las aguas residuales domésticas. Aunque es una forma económica y simple de hacer, no reemplaza un sistema de alcantarillado.

Una vez se llenan los pozos deben abrir la tierra y dejar que corran los desechos por un canal construido, y finalmente, llegan al río Bogotá, causando más contaminación. La lugareña Marta Sánchez, comenta que, hace unos meses, se construyó un pequeño sistema de alcantarillado que pocas semanas después dejó de funcionar y que, ahora, solo hace estorbo en la vereda. Es de ese modo, que los habitantes decidieron entre ellos la construcción de un pozo séptico comunitario para que haya solo un lugar de destinación de aguas residuales, pero aún no se ha iniciado su construcción.

Sin responsables

A pesar de la gravedad de la situación que viven en la vereda ni la Alcaldía ni la empresa encargada del acueducto, ACUAGYR (Aguas de Girardot, Ricaurte y la Región), se hacen responsables de la problemática. Carlos Eduardo Ramírez, encargado de recibir las quejas y solicitudes en la Administración pública, certifica que sí se recibió una petición  de la vereda Piamonte y que han buscado la forma de ayudar; sin embargo, no dijo más al respecto, asegurando no poder dar más información. Por otro lado, en ACUAGYR, nadie más quiso entregar explicaciones por la situación de la vereda y remitieron directamente a la Alcaldía.

Mientras se encuentra a un culpable, los veredeños  las ingenian para luchar con ese y demás inconvenientes  con los que viven a diario. En casos como el de María Lucía Ducuara, conviven más de diez menores  en una casa construida en bahareque, junto a otros diez adultos; sufriendo las consecuencias de la pobreza y del abandono por parte de las autoridades, pues todos caminan descalzos por entre la tierra y heredan la ropa y uniformes de los niños más grandes.

A lo que el psicólogo y docente de la Corporación Universitaria Minuto de Dios, Harry Salomón, comentó que los niños se vuelven vulnerables, en su mayor parte, por culpa de los padres que no asumen una condición de progreso, sino que por el contrario, se conforman con lo poco que tienen y dejan a los infantes desarrollarse en un contexto violento, con pobreza y de alto riesgo. Sin embargo, aseguró que el desarrollo físico y mental de los menores no se ve afectado por su entorno; pero sí su cultura y la construcción de sus proyectos de vida.

Altercados entre vecinos

 

No hay unión entre los habitantes de la vereda, puesto que suceden  riñas entre ellos por la contaminación, los dueños de las casas que reciben todas las aguas sucias que se desbordan desde lo alto, pelean porque se ven más afectados que otros por vivir en las tierras bajas. Alegan que se pone en riesgo la seguridad de sus casas y la salud de sus habitantes, sin contar con los olores de los residuos  y las inundaciones a las que se enfrentan cuando llueve.

Incluso, Marta Sánchez cuenta también que la relación con el líder comunitario es deficiente, porque según ella, él vela por los intereses de unos pocos y olvida a los demás,  lo que genera discusiones entre los moradores  por supuestas preferencias. A pesar de eso, todos los que viven en la vereda comparten una ilusión, y es la construcción de un sistema de aguas negras eficiente y que cubra todo el perímetro para mejorar sus condiciones de vida y el desarrollo de los niños.

Si bien la desigualdad en el país es evidente, dentro del plan de desarrollo de la ciudad no se contemplan políticas públicas,  en aras de mitigar problemas veredales,  más aún,  cuando es el Estado el encargado de velar por la economía y garantizar el acceso a los servicios públicos, según la Constitución Política. Contrario a esto, los servicios públicos en la vereda se prestan a elevadas tarifas, a pesar de estar catalogado como estrato uno y tener un índice de desempleo que crece todos los días.

Un día en la vereda es una lucha constante para quienes la habitan; sin embargo, aseguran que prefieren sus casas así como están que vivir en la calle, y que no perderán la esperanza de que algún día la Alcaldía se haga responsable y construya el alcantarillado y la infraestructura de saneamiento básico que llevan pidiendo hace cuatro años. Además, de asegurar un proyecto de vivienda que les facilite el acceso a una residencia nueva y hecha con materiales fuertes para dejar de vivir con miedo a la lluvia y a los vientos, porque estos son los que más afectan la estabilidad de las estructuras.

Por: Ángely Gutíerrez – Luisa Rodríguez – Angélica Valdés

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