Si los pensamientos fueran fragantes

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Por: Jimmy Triana

El género humano nos sorprende cada vez más por sus preguntas, que por sus respuestas. Lo digo porque en días pasados, un chiquillo inquieto de siete años participó de una conversación entre adultos acerca de las anécdotas alrededor de las preguntas que nos hacíamos en la niñez. El niño lanzaba la hipótesis de qué pasaría si los pensamientos tuviesen olor. Obviamente, la mayoría no lo tomó en serio. Sin embargo, poco después de la media noche, con dos amigos más atendimos tal interrogante, destacando su inocencia y lucidez, sin poder contar con el infante ya caído en los brazos de Morfeo.

Un amigo afirmó que si eso pasara, la capa de ozono se habría destruido por completo hacía bastante tiempo. En cuanto a mí, me atreví aseverando que si eso sucediera favorablemente cambiarían algunas cosas en el mundo.

Para decirlo claramente, si el caso fuese que lo sabio, inteligente y bueno emitiera un olor agradable; mientras que lo necio, inútil y malo fuese lo contrario, bastaría pensar y oler para tomar decisiones más acertadas. En resumidas cuentas, creo que quizás la humanidad hubiese evitado numerosos episodios desagradables de su historia.

Pero el ser humano es complejo y no es reductible ni a quimeras ni a posturas simples. Nadie podrá negar que existe un valor que configura la condición de dignidad humana y ése es la Libertad. Gracias a ella, el Hombre suele estar combatiéndose a sí mismo mediante ideas que, en no pocos casos, son contradictorias entre sí.

Según la respuesta a la inquietud inicial, un bachiller tendría que vérselas con el olor de los pensamientos de la familia, con el de los amigos y el de sí mismo para optar entre la conveniencia (guiada por la influencia social) y la vocación (guiada por la convicción personal) para elegir su carrera universitaria. Seguramente, en la mente de este joven estarán relacionadas, por no decir confundidas, las diversas fragancias que intentan orientar la elección de su futuro profesional.

Es allí como se reflejaría el carácter complejo de la raza humana. Pues, cada uno de estos olores se mezclarían creando lo que precisamente genera angustia en el ser humano: la necesidad de elegir. Este acto no es para nada descomplicado, porque elegir precisa dejar algo bueno o excelente por algo tal vez igual; pero que ofrece otras condiciones o ventajas.

En otro caso, en una cumbre de naciones, cada uno de los delegatarios emitiría, en nombre de su país, la complejidad de olores (de su posición política o militar) frente a un tema o conflicto determinado. Lo único que habría para inclinar una decisión es conocer el aroma de la paz, la justicia, la solidaridad y la equidad para observar qué fragancias compartidas en las variadas opiniones e ideas de dicha cumbre se acerca más a tales aromas. Entonces, así los organismos internacionales de cualquier naturaleza desempeñarían un mejor papel en el concierto de los pueblos de todo el mundo.

Pero, para fortuna o no de la humanidad, los pensamientos no tienen olor, fragancia o aroma. Y si hay alguna forma de detectarlos, sería mediante la atención crítica de los conceptos e ideas que se acerquen más a la realización digna de personas y naciones hacia los más altos valores de la historia. Así que, de ahí en adelante, otras serían los conflictos y las guerras del género humano.

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