Mira ahora a los Cielos

Editorial

Por: Jimmy Triana

Hay un momento en la historia de cada ser humano para sufrir un vacío desconocido en su interior. En esos instantes, se siente que el mundo seguiría igual sin uno como persona. Es ahí cuando se despierta la necesidad de darle un sentido a la vida, de que pase el tiempo y se pueda levantar la cabeza y con humildad pensar que valió la pena haberlo desarrollado. Tal cosa algunos la evocan como sueños y otros la llaman propósito. Y dada la ocasión de culminar una etapa formativa como el bachillerato, sería un mentiroso alguien que dijera que no se ha preguntado en estos últimos meses de la vida: ¿Qué va a ser de mi vida? Por esa razón, deseo compartir algunas meditaciones alrededor de la siguiente inquietud: ¿Qué es lo que le permite a cada persona seguir adelante?

En primer lugar, la humanidad debe recuperar el orden de las cosas en su conformación como ser, pues cada individuo es un ser tripartito, dividido en espíritu, alma y cuerpo y dicho orden no es un capricho, sino que determina la escala de prioridades en la realización humana. Hoy en día, la sociedad privilegia un orden inverso con el cual las necesidades materiales están por encima de las necesidades del alma y del espíritu. Por un lado, existe la preocupación por la belleza corporal (están los gimnasios, las cirugías estéticas y la medicina del bienestar y la ortorexia) y por otro, está la inquietud intelectual (los colegios y universidades) y, finalmente, las aspiraciones espirituales (los templos, las iglesias, los retiros, la introspección).

Ahora, este orden está dado porque cada una de esas partes refleja a cada ser humano en los tiempos de la vida. Me explico: si usted quiere ver un reflejo de cómo está la persona ahora, mírele su cuerpo (su semblante, sus posturas, sus ademanes, su mirada); si usted quiere ver un reflejo del pasado mírele el alma (sus recuerdos confortantes o lamentables, sus ideas y creencias, la música que le gusta, cómo se siente y vive la soledad); pero si usted quiere mirar el espíritu de alguien observe sus sueños, sus metas y aspiraciones. En este último caso, parafraseando se diría “Dime cómo sueñas y te diré qué carácter requieres”.

Por eso, la educación en términos generales se orienta más a la personalidad (cuerpo y alma) que al carácter (espíritu y alma). La personalidad es menos estable que el carácter, porque el verdadero soporte de cada ser humano es su espíritu y para alimentar o fortalecer éste se requiere del esfuerzo, la disciplina y la pasión en medio de cualquier adversidad. Y sabe por qué eso. Porque el carácter contiene algo esencial de cada ser humano y es lo que socialmente se llama Dignidad. Este valor es algo a lo cual difícilmente renuncia alguien con carácter. La personalidad cede ante las situaciones, es esa parte de cada quien que se guía por el dicho “a donde fueres, haz lo que vieres”, es decir, se orienta por la conveniencia. En cambio, el carácter es más estable y se conduce a través de la convicción, se canaliza por lo que soy y quiero ser, por lo que se cree firmemente en la vida. Así se entiende que la capacidad de triunfo es directamente proporcional a la capacidad de resistencia frente a las adversidades.

En segundo lugar, es necesario que cada persona tenga un concepto acerca del éxito. Para algunos individuos, consiste en ser feliz u obtener placer; para otros es sentirse realizado. También, podría ser lograr lo que es más importante para cada individuo. De esta manera, el éxito se constituye en la capacidad de cada persona para alcanzar progresivamente sus metas. Por lo general, la gente de éxito es gente con propósito. Y  ¿qué es un propósito? Esta proyección del hombre hacia su futuro es la mezcla de una meta firme aliada con un deseo intenso. La primera es un ingrediente intelectual y el segundo es afectivo. Pero, en síntesis, el propósito es sinónimo de tener un sueño. Hay una diferencia entre los que sueñan y los que se ilusionan. Los primeros ven el futuro con los pies en la tierra y los segundos no. Por eso existen las desilusiones, en cambio no hay un término así de antagónico para los sueños.

Y en tercer lugar, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve y es un elemento importante en el proyecto de vida. Una persona de fe (no religiosa) es alguien que está convencida del poder generativo del lenguaje y con sus palabras y con ellas alimenta cada día sus sueños; es alguien que, a través de la gracia de Dios, viaja hacia el futuro y regresa al presente para emprender el camino de su realización. Por eso concibo la fe como un estado de embarazo producido por el futuro y gestado en el presente. Y para ejemplo típico está la promesa de Dios a Abraham cuando le predice la inmensidad de su descendencia en Génesis 15:5 que relata: “Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia”. Así era necesario que Dios le diese una imagen para alimentar su fe, ahora alimenta la tuya con una visión de futuro sana y equilibradamente ambiciosa.

En conclusión, invito a recodar que Dios creó la tierra y los cielos y los ordenó con su palabra, que nosotros somos hechos a imagen y semejanza de Él y, por ende, cada ser humano tiene la facultad de afectar la realidad mediante sus palabras. Por eso, hay que empezar por un pensamiento desafiante que impulse a forjar el destino deseado, pues cada quien tendrá que hacer su historia; pero esa historia se escribe una sola vez y se debe realizar lo mejor posible el proyecto de vida porque, independientemente de la situación emocional, ¡el mundo siempre espera que se haga algo que valga la pena!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *