Girardot, mis apreciaciones

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Por: Orlando Sochimilca

Árboles

Los árboles en la ciudad son tanto o más importantes que los andenes; éstos pueden faltar pero  los árboles, no. Su sombra cobija desde casas tradicionales hasta condominios turísticos. Todos los defienden, incluso, contra las adelantos de la modernización cuando por la natural progresión del tiempo se enredan en las cuerdas de la energía. Los árboles dan a la ciudad el verde, la ciudad da a los árboles un espacio privilegiado frente a sus casas, un espacio que ha sido apropiado por los mayores, principalmente en las mañanas, cuidándolos; en las noches, recogiéndose a comentar el día.

Son tan importantes los árboles que continúan existiendo en la memoria de sus habitantes. Es fácil percibir, por ejemplo, cómo la gente sigue reuniéndose en el Algarrobo, un árbol cuya sobra acompañó la entrada a  la ciudad por varías décadas y que dejó de existir hace más de quince años. Igualmente, Girardot continúa reconociéndose como la ‘ciudad de las acacias’,   pero estos árboles fueron remplazados hace tiempo por sus dañinas raíces, al punto que es difícil encontrar jóvenes que los reconozcan o  diferencien de otros.

El árbol, convertido en escenario o mejor como parte del escenario que configura la ciudad, posibilita un espacio primario de encuentro en el que se reúne la familia para hablar, pensar y rumorar. Son tantos árboles como familias y es allí donde unas y otras transitan llevando y trayendo a la escena pública alegrías, tristezas, necesidades, desacuerdos…

El Parque

No siempre es el centro cartesiano…Girardot se debate entre la premodernidad, la modernidad y la posmodernidad como espacio habitado por nativos y  visitantes que gira en torno de  una fuente cuya característica principal –posmoderna- es que no existe como edificación, aparece y desaparece al fluir el agua y al iluminarse en las noches. Al tiempo que las gentes que la visitan la admiran, no sólo por sus características arquitectónicas, sino porque en días de sol – que son la mayoría- sirve para calmar el calor bajo sus aguas, regresando al entorno pre moderno de satisfacción básica de necesidades.

Vigilante está el prócer de la independencia Simón Bolívar en medio de las “Torres Gemelas”[1], flota en el aíre, más allá del bien y del mal…  A su espalda, y como indica Aldo Rosi[2] -“la forma de la ciudad siempre es la forma de un tiempo; y hay muchos tiempos en la historia de la ciudad”, dos edificaciones: una del siglo pasado, el Club Unión, con amplios espacios interiores que acogieron a los ciudadanos prestantes; en la otra esquina de la misma cuadra, esta el centro comercial El Parque, de principios del presente siglo, cuyos espacios abiertos a todo el público posibilitan la relación de su interior con el entorno, son espacios para ver y ser vistos, no solo por quienes tienen acceso, sino para cualquier parroquiano desprevenido de la ciudad.

Al girar hacia al norte y desde 1903 encontramos el Colegio de la Presentación, institución educativa con más de 100 años de existencia al servicio de la Santa Madre Iglesia en formación de ciudadanos cristianos, responsables y cívicos (Misión Institucional).

Pasando la calle, una bomba…que aún no explota… y que permanece pese a todas las normas de seguridad que sobre el particular se han promulgado. Junto a ella la catedral, atípica edificación que nada tiene que ver con el barroco, el gótico o el romano, tradicionales estilos para las iglesias.

Girando hacia occidente, las edificaciones de mitad de siglo, casas de dos plantas, de altos techos, habitaciones amplias y aireadas por grandes ventanales, que se hacen invisibles por los usos que dan a ellas sus habitantes actuales, en cuyos frentes las mesas de heladerías se disputan el espacio del andén.

Al sur, un moderno edificio constituye el epicentro de la vida política de la ciudad, allí se administran las decisiones sociales y financieras; alberga las secretarías, el despacho del alcalde, el Concejo Municipal.  A manera de alusión metafórica,  en una de las paredes interiores del lobby del primer piso, la escultura de un hombre atrapado en un círculo por una red. Se me antoja pensar la relación del ciudadano y la democracia.

Completa el marco de la plaza, el edificio del Banco de la República, edificación gris y fría, para una ciudad cálida y multicolor, demasiado silencio… Permanece más bien sola… no por la baja tradición de lectura de los pueblos latinoamericanos, más bien porque el frío y el gris recuerdan los días de lluvia: esos en los que la gente prefiere quedarse en casa.

La vuelta al centro

Al inventar el lugar, afirma Serres, el ser vivo responde a la pregunta: ¿qué es y dónde habita la vida? De ahí que el ser humano no habite en un espacio geométrico sino en una topología que implica relaciones de cercanía y lejanía, de  aislamiento y acercamiento.

La vuelta al centro tiene lugar después de las cuatro de la tarde, cuando el sol empieza a declinar en los cerros de occidente.  Aquellos lugares que hasta esa hora habían estado solos se convierten en espacios de interacción y volcados de todos los rincones acuden a ver… y a ser vistos. Salir al centro tiene una doble connotación: por un lado, representa el entretenimiento de las vitrinas, y de otra parte, salir al centro tiene que ver con la estrategia que permite apropiar los aconteceres en la imperiosa necesidad de reconocer los cambios en los espacios transitados, a la manera del popular Bugs Bunny. Lo importante es saber, ¡qué hay de nuevo viejo!

La ciudad a la margen 

A la margen norte del río Magdalena, a la margen occidental del río Bogotá, a la margen de la cordillera Alonso Vera, a la margen sur de Cundinamarca sobre una planicie que se altera por una elevación de tierra que parece servir de faro y vigía del valle del Tolima, que se extiende al sur y cuyo límite aparece imperceptible, la ciudad se ha consolidado.

[1] Las “Torres Gemelas” son dos columnas paralelas que hacían parte de una antigua tarima que fue demolida. Con el tiempo y sin un uso aparente fueron bautizadas peyorativamente y su nombre se popularizó, luego y en un intento por justificar su existencia fue edificada una estructura metálica sobre la cual se puso la estatua del libertador.

[1] Rosi, Aldo. La Arquitectura de la Ciudad, Editorial Gili, Barcelona 1995.

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