EL SABER PEDAGÓGICO, ¿PROSTITUIDO POR LA PRÁCTICA PEDAGÓGICA?

editorial

Por: Mario Agudelo

El saber pedagógico en muchas ocasiones no va de la mano con la práctica pedagógica; basta con pasearse, real o virtualmente, por aquellos lugares, a veces lúgubres en donde conviven discentes y docentes, mediados por el conocimiento sea éste significativo o inyectado, donde supuestamente se construye vida, donde posiblemente se alcanza la alegría, donde muy probablemente se cultiva el amor, donde conviven genios de distintas dimensiones, donde se procura un escenario plano, no con tarimas ni mucho menos con traumas. La práctica pedagógica, ese estilo de vida que alguien optó por su propia cuenta o porque  la suerte lo decidió así, y que con ella se pretende ganar no sólo la “papa” sino también el cielo día a día, rato a rato, golpe a golpe, llena de discursos, de posiciones  de pronto encontradas, de orgullos personales pero no tanto sociales.   A veces,  esa práctica pedagógica prostituye al saber pedagógico, ese magnate, pobre algunas veces,  por estar puesto en manos de débiles, está cuestionado  por permitirse pasear por ahí  de la mano con cualquier descuidada, desgarbada, desentonada práctica pedagógica, sin darse cuenta de que  en su esencia no admite aliados inconclusos, aliados traicioneros, aliados  que pretenden llevar una convivencia bajo el lema del engaño y del facilismo.

La práctica pedagógica se elabora delicadamente  en el trasegar cotidiano de la vida  del Educador,  y es él quien procura que el saber pedagógico dé cuenta de las competencias que debe desarrollar el Educando; pero esta práctica debe ir acompañada de ejercicios de investigación, no solo de su propia práctica sino de las teorías que subyacen a la práctica pedagógica, como también del contexto social, cultural, económico en el que se desenvuelve  el actor principal, el educando:  ”.  El conocimiento es el “pegante” que une en el mismo escenario e incluso en la misma escena al saber pedagógico y a la práctica pedagógica, y para nadie es un secreto que en muchísimas ocasiones ese conocimiento no es del “gusto” del Educando, no le es significativo;   algunas veces por la esencia misma del conocimiento, en otras por su poca practicidad,  pero en un buen número de veces  por la forma como los Educadores enfrentan esta labor.   Y todos -saber, práctica, educador, educando, competencia, conocimiento- están llamados al éxito de los actores implicados en esta maravillosa obra llamada educación,   “… no basta  saber de pedagogía para ser exitoso en la educación …”  (Bernardo Restrepo Gomez, Ph.D. Universidad de Antioquia).

El saber pedagógico  se encumbra especialmente en las aulas de clase, es por ello que el Profesor debe esmerarse con  detalle a darle sentido práctico a lo que se dice, a realzar lo verdaderamente útil, a que ese saber le sea significativo,  a interesarse por el interés del  Estudiante, a observar las actitudes e inclinaciones puestas en ese escenario, a … no dejar pasar ningún detalle por imperceptible que parezca, a adueñarse de ese espacio-tiempo grandioso  llamado clase, a volverse un investigador de su propia práctica para que ella no suene descuidada, para que la convivencia entre saber y práctica pedagógica no aparezca como un enredo del azar, para que definitivamente no sea una relación inconclusa: “Alentar a los maestros a ser investigadores es una forma de establecer un sentido de valía y dignidad, y de posibilitar un sentimiento de esperanza, capacidad y saber” (Mery Olson, 1996:15).

Por último, el saber pedagógico, pilar en este contexto, realmente está siendo enaltecido con la práctica pedagógica que lo acompaña. ¿El saber pedagógico en qué se está beneficiando de las prácticas  pedagógicas  con las que se intenta alcanzar el conocimiento?  ¿La práctica pedagógica realmente  está siendo tan juiciosa que le permita pasear de la mano con el saber pedagógico sin sentirse prostituido?

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