El Alzheimer y las palabras

Editorial

Por: Diana Celi

Una de las cosas que más me aterra es la posibilidad de perder la memoria. Hace poco vi una película que trata el tema del Alzheimer prematuro y, a riesgo de sonar cursi, la trama logró ponerme los pelos de punta. Allí se mostraba cómo una prestigiosa doctora en lingüística se iba deteriorando, lentamente, hasta convertirse en alguien muy distinto a quien solía ser.

Esa enfermedad degenera la mente de forma progresiva;  lograr comunicarse se transforma en una gran hazaña, y quien la padece puede llegar a sentirse solo incluso estando rodeado de mucha gente.  Imagine por un instante que su mayor deseo es articular una palabra, una sola, la que sea que se acomode a su intención comunicativa; pero, por más que se esfuerza, no lo logra: ¡mortal!

En lo personal, amo las palabras. No puedo prescindir de ellas. Si me tapan la boca me saldrán letreros por los oídos. Me he servido de ellas toda la vida, incluso me he dado el lujo de finiquitar asuntos tediosos solo con una palabra. Escribir y leer son dos de las cosas que más disfruto (también cantar, pero como dijo Pablo Neruda: “son las palabras las que cantan”), incluso, mirando retrospectivamente, todo en mi vida ha girado alrededor de ellas.

Las personas se quedan en mi ser en la medida que alguna palabra suya se haya quedado conmigo. Ellas están dentro de mí: en mi corazón, en mi mente. Amor, odio, anhelos, sueños…todo nace y se muere, se queda o se va, desde y por las palabras. Jamás recibirá olvido el ser que, al cruzarse en mi camino, haya sabido tatuarse en mí a través de sus palabras.

Es por esto que  veo la ausencia de palabras como algo brutal, mortal, nefasto. Es inexplicable la sensación que me producen aquellas que, aunque pequeñitas, pueden quebrarlo todo, crearlo todo…Un sí, un no, un ¡jamás! A las palabras no se las lleva el viento. Tengo una gran colección de ellas, las he ido recogiendo de la boca de personas cultas,  admirables, encantadoras. El silencio nunca valdrá más que mil palabras, bien pensadas, claro está.

Quedarse desde las palabras no es sencillo. Esa clase de palabras deben tener alma, caricias, rabia, venganza, promesas, certezas: ¡qué bellas! Esas son las que se quedan, las que se dicen en serio. Puedo perderlos de vista, a mis seres amados, tal vez no vuelva a oírlos, pero echaré mano de sus palabras cuando quiera y me darán aliento, consejos, sosiego, abrigo.

Las palabras son como celestinas, verdugos, amantes, enemigos… ¿hay algún lugar en el que ellas no estén presentes?, ¿hay algo que no puedan lograr? Y la mayor de las historias tiene que ver con ellas: el universo infinito se hizo posible por la palabra del Creador, el más grande orador de todos los tiempos; su palabra fue acción: las palabras tienen un enorme poder. Luis Carlos Galán Sarmiento y Jorge Eliecer Gaitán, cuyos ideales perduran a través del tiempo, aun después de muertos, son dos buenos ejemplos de lo trascendental que puede llegar a ser una palabra.

He brindado con copas desbordadas de ellas, manos encantadas han escrito páginas enteras con las que he secado mis lágrimas… Algunas personas han escrito para mí: esas palabras son mis más preciados tesoros. He entregado porciones de mi esencia mediante las palabras porque no conozco otra manera de ser y hacer las cosas.

Es por esto que me gustan tanto los refranes, las adivinanzas, las frases célebres, los cuentos de las abuelas, las novelas, los poemas, los acertijos y charlar con los amigos. Escuchar conversaciones ajenas con mi oído “superdotado” era una de mis aficiones favoritas cuando era niña.

Me he esforzado mucho para estudiarlas, tardo demasiado en dar por terminado un texto, el que sea, dado que las pulo una y otra vez, como si fueran piezas de fina orfebrería. Siempre pensé que aprender mucho sería un antídoto contra esa clase de enfermedades; sin embargo, según la Confederación Española de Asociaciones de Familiares de personas con Alzheimer (CEAFA), esta dolencia puede afectar a personas a partir de los 40 años, en plena etapa productiva, con familia y carreras.

Por todo lo anterior, me siento conmovida, profundamente, por esa cruel afección que viene a llevarse los recuerdos de la gente. El Alzheimer trae consigo muchas preguntas; pero muy pocas respuestas y deja a su víctima sin pasado, sin futuro, solo con un presente difuso que se nutre con conversaciones a medias, palabras rotas y miradas sombrías: muertos en vida.

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