De la Política de estiércol

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Por: Jimmy Triana

«Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez»: Eduardo Galeano

La política es una responsabilidad, pero la responsabilidad -como diría una amiga- es como el estiércol: todo el mundo sabe qué es y sin embargo nadie lo toca. Es normal ver a un grupo de personas que parecen estar arreglando la ciudad con sólo criticar. Y ¿cómo se va a construir opinión con una crítica que versa más sobre personajes que sobre hechos y más acerca de estos que de ideas? Por eso, la política es estiércol porque con esa misma calidad se habla del tema y muy pocas personas saben tratarlo. Y ¿cuál es uno de los principales factores de esta patología ciudadana?

 Sin duda alguna el principal factor es el virus «electoritis amnesium», que provoca una epidemia llamada ‘Amnesia Electoral’. Esta enfermedad es despertada en la voluble conciencia del ciudadano mediante un virus llamado «candidatus nihilus», es decir, candidatos que salen de la nada buscando y mostrando proyectos. En un principio, el virus genera una ilusión óptica de poseer una capacidad política propositiva. Así, el candidato que más pique conciencias desprevenidas es el que manipula mejor la «opinión” o la intención de voto. Generalmente, esta lamentable enfermedad tiene una duración de seis meses finalizados al término de los respectivos comicios electorales, y se cumple periódicamente cada tres años.

Sin embargo, alguien podría preguntar: ¿Cómo prevenirse de esta infección política? Muy fácil: sea firme en decirle NO a este tipo de candidatos, puede que tengan maquinaria, pero tendrán que darse cuenta de  que la gente exige una mejor forma de hacer política. Y lo mejor es empezar por el rescate del SER CIUDADANO, o sea, de aquella persona que posea la voluntad y el deseo tomarse en serio la cotidianidad municipal, que tenga una preocupación sensata por el desarrollo del territorio en que habita, que sea capaz de atesorar transparentemente la política en el corazón de sus coterráneos; de tal manera, que pensar en la ciudad tenga una dinámica vitalicia.

 En definitiva, se trata de inclinar la balanza hacia un ejercicio político constante, mas no oportunista; más participativo que representativo, con liderazgo y sin cacicazgos. Se trata de erradicar el gobiernismo para no seguir con lo mismo; aunque impulsando una gobernabilidad que le ponga carne y hueso, fuerza y soporte, respiración y latido a una nueva Edad de Oro que Girardot necesita y así terminar con aquella política de estiércol que la invade.

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