Cine colombiano: ¿cómo nos ven?

Editorial

Por: Federico Jiménez

La escena cultural colombiana celebra –y con razón- la inclusión de cuatro películas nacionales en la agenda del festival del cine más prestigioso del mundo. Nunca antes en Cannes (Francia) se habían tenido en consideración esta cantidad de producciones cinematográficas creadas por nuestros escritores y directores;  hecho que se ha visto reflejado en los contenidos, tanto de los principales medios masivos de comunicación, como de críticos especializados, cinéfilos, entusiastas del cine, quienes coinciden en reseñar éste como un verdadero logro de la cultura audiovisual colombiana: la que lleva ya un buen tiempo tratando de superar el cliché configurado por las hiperexplotadas historias sobre la violencia y el dolor generado por el narco-conflicto y las mezquinas simplificaciones de nuestra idiosincrasia. Si bien ninguno de los filmes hará parte de la competencia oficial y una de ellos va en busca de financiación para su realización, los cuatro hacen parte de las secciones más importantes del evento más influyente del circuito mundial de festivales de cine.

 Sin embargo, no voy a usar este espacio para hacer eco del regocijo mediático generado por este reconocimiento ni tampoco hablaré de las películas seleccionadas (una breve búsqueda en internet puede satisfacer cualquier curiosidad al respecto) En cambio voy a lanzar una breve apreciación acerca de una opinión que recogí cuando leí lo que una persona, experta y autorizada en la materia, decía acerca de la situación actual del cine colombiano.  Se trata de Pedro Adrián Zuluaga, quien en la entrada del 28 de abril de 2015 a su blog “Pajarera del medio” hace una interpretación sobre ciertas afirmaciones hechas en 2012 por Robert McKee, “el gurú del guión” como él lo llama, según las cuales el principal valor cultural que los cines latinoamericanos podían aportar depende fundamentalmente del exotismo y “la excepcionalidad antropológica” vertidos en nuestras narrativas visuales. Eso es lo que McKee quisiera ver de nosotros.

Ello nos restringe, según Zuluaga, a la traducción y exportación únicamente de aquel cine que transmite satisfactoriamente aquello que nos hace especialmente diferentes: toda una gama de características que van desde las estéticas particulares propias de las etnias que nos componen, hasta esas condiciones sociopolíticas que pueden ser leídas como indicadores de subdesarrollo por una audiencia no hispanohablante. Todo ello representa una especie de condena a la marginalidad y a la irrelevancia en términos de la posibilidad de “discutir la centralidad de algunos poderes instituidos”.  En otras palabras, para Zuluaga, McKee no espera de nuestro cine algo diferente de lo que viene a buscar el turista norteamericano o europeo que aterriza en estas tierras para tomarse fotos con los niños del pacífico, llenar su mochila arguaca de artesanías y/o a conocer de primera mano una sociedad sumida en el caos y la violencia. En eso consistiría, más o menos, la excepcionalidad antropológica que se encuentra en el centro de sus expectativas como visitantes.

 Si esta descripción es adecuada explicaría en cierta medida el hecho de que algunas productoras y escritores estén cada vez más comprometidos con llevar a la pantalla películas llenas de indígenas, de afrocolombianos, de paisajes con plomo y paisajes sin plomo: películas que muestran una Colombia rural, selvática y bélica en las que la realidad es transmitida al espectador en clave etnográfica. Esto no es malo, pero sí es un poco triste. Y lo es porque la universalidad, característica de cualquier historia que, valga la redundancia, tenga aspiraciones serias de pasar a la historia, pareciera ser uno de esos ideales que nos están vedados gracias a nuestro “atraso cultural”; un señalamiento del que no somos acusados directamente, pero del que hay evidencia en la violencia simbólica que está operando en la forma en la que McKee describe el cine que espera de nosotros. Hilando muy fino, este prócer de la escritura pareciera pensar que a la hora de hacer cine los latinos no nos cabe el mundo en la cabeza.

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