Quiero profundamente a Girardot

Editorial

Por:  Norma Victoria Varón Caicedo

Quiero profundamente a Girardot, ciudad acogedora que me brindó la posibilidad de renacer como el Ave Fénix. En esta villa encontré la misión concreta de mi vida al final del camino: la docencia en UNIMINUTO, en el Seminario Mayor de la Inmaculada Concepción, en el SENA y en la Casa de la Cultura. Durante años y dentro del mayor compromiso con las juventudes de la región, sentí el calor humano y la solidaridad, la receptividad y la acogida propias de los habitantes de esta bella región. Es mi deber dejar constancia de esta experiencia de la cual obtuve las más preciadas visiones y demostraciones de aprecio de todos quienes compartieron conmigo clases, conocimientos, aprendizajes, arte, coloquios, exposiciones; en fin, lo que llamo la razón de ser sentipensante. Gracias, Girardot por toda la vida que me compartió.

Ahora bien, por ese profundo amor que siento y por el compromiso que tengo con sus hijos, Girardot debe renacer como el Ave Fénix. La Ciudad de las Acacias ya no las tiene, la Ciudad a Orillas del Río Grande de la Magdalena, la Ciudad donde el Sol es más Ardiente, está enferma. Y la enfermó no sólo unos mosquitos de nombres extranjeros que llegaron para quedarse, sino también el micronarcotráfico, el sexoturismo, la prostitución, el Sida, las bacrim, el turismo de condominio, las administraciones negligentes, además de otras arremetidas episódicas que son del dominio público. Es una ciudad en desarrollo, tanto en su perímetro urbano como en su regionalidad rural. Y es en esta transición de lo rural a lo urbano donde se encuentra la mayor vulnerabilidad de Girardot.

Entonces, creo que es oportuno y viene al caso mostrar un ejemplo de lo vulnerable que se torna toda una población cuando se pasa de lo puramente campesino a lo que se considera “urbano”, como por ejemplo la acometida de los bienes y servicios públicos contra lo que antes eran las veredas. Y es así exactamente por donde  se inicia este proceso hacia el “progreso”, no sin antes dividir y lotear los terrenos que formaban las parcelas  y las pequeñas fincas agropecuarias o las  grandes, si es el caso, como El Peñón y la finca El Perú, en la antigua vereda Portachuelo. Y por fin, llegué al punto. De esa vereda quedan algunas de lo que podríamos ver como fincas, una o dos; de resto es el Condominio más prestigioso del centro del país y el Hotel de Compensar, proyectos que “urbanizaron” y trajeron “progreso”, no solo a la vereda sino a Girardot y a la región.

¿Qué sucedió entonces con los antiguos campesinos de la vereda? Pasaron a ser la mano de obra de construcción de los complejos turísticos y, posteriormente, los cuidadores de los mismos, los piscineros, las señoras del servicio doméstico, los guardaespaldas y los vigilantes de los propietarios de las casas de recreo, quienes ahora son los habitantes de un barrio empobrecido con costosos servicios públicos, sin malla vial apropiada, sin parques para los niños hijos de los empleados del condominio, sin puesto de salud y, eso sí, rodeados de monte o bosque tropical húmedo propicio para la proliferación de los mosquitos transmisores de toda clase de enfermedades de la zona tórrida, tales como el dengue, el chikunguña, la malaria; además, de alacranes y serpientes, que pasean por las viviendas de quienes ya no son campesinos sino que pasaron a ser “urbanizados” por el progreso.

Es necesario aclarar que soy testigo presencial de este proceso de desarraigo y olvido por parte de las administraciones pasadas. También he sido víctima de todas las plagas mencionadas. Aprecio mucho a mis vecinos y amo con todo a mi nieta Anita María, girardoteña –portachueluna-, descendiente directa de esta tolimense armerita que llegó a Girardot a encontrarse con la memoria de mi abuelo materno, girardoteño fundador de “La Chivatera” y primer dueño del transporte o “ferry”, dedicado a pasar de orilla a orilla las mercaderías de los comerciantes de Flandes y de Girardot. Su nombre: Drigelio Caicedo, desplazado de la primera violencia bipartidista hacia las tierras del Tolima, a Armero, precisamente mi tierra que ya no está pero que encontré de nuevo en Girardot. Por eso mi cariño es todo tuyo; por eso quiero lo mejor para ti; por eso no quiero a quienes te dañan; por eso quiero que vuelvas a tener todas las Acacias en tus calles como antes; quiero más parques para los niños y quiero que se acaben las enfermedades propagadas por la negligencia más que por los mosquitos extranjeros.

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