‘Escultor’ por excelencia, ‘Maestro’ de todas las ciencias

 

 

       Por William Leonel Delgado Moscoso

 

Docente de la Corporación Universitaria Minuto de Dios en el Programa Comunicación Social y Periodismo

Durante el primer congreso de exalumnos del seminario Andrés Bello del Instituto Caro y Cuervo, la doctora Lucía Tobón de Castro compartía con el auditorio, a través de su ensayo, referencias del carácter de ciencia que tiene la lingüística: decía ella, que ésta es “… falible e inacabada…, falible porque es perfectible e inacabada  porque no puede ser un constructo cerrado, finito. Siempre está abierta al cambio”.

Nada más apropiado, también, para describir el ejercicio del arte – ingeniería de ser docente. Arte que no es sencillamente un fin de la cultura, sino más bien, tiene como fin preservar la cultura. Ingeniería que demanda de sus practicantes una labor transformadora de la realidad; que, por otra parte, se encuentra en permanente cambio gracias a las subculturas gestadas de forma constante en el seno de los diferentes grupos sociales; o bien por el vertiginoso avasallar de la técnica y la tecnología.

Pero tengamos cuidado en no concebir la ingeniería desde el único y reduccionista aspecto de comunión con las máquinas; nuestra ingeniería hace referencia a la obligada faceta de creador, como tarjeta de presentación del maestro. Creador de mundos y ambientes propicios para el aprehender y el aplicar lo descubierto en la escuela. Tarea por sí, titánica y bien reflejada en las palabras de García (2004): “La actividad pedagógica profesional es una de las actividades sociales de mayor significación para el desarrollo de la humanidad, resulta una de las más multilaterales y complejas por la propia naturaleza de su objeto”.

Sin embargo, es prudente volver a las palabras que abrían este texto. El pretender llevar a cabo la docencia, creyendo poseer la verdad y por extensión el suponer metodologías infalibles a cualquier grupo de estudiantes, es correr el riesgo de validar al máximo las palabras de Einstein: “Si seguimos haciendo las cosas de la misma forma sólo podremos obtener los mismos resultados”. Es también, correr el riesgo de estar condenados a repetir la historia. Es el aceptar que no importa cuántos años llevo de práctica docente, sino cuántos años me quedan por aprender de esto perfectible e inacabado.

 

Una vida que se disgrega en horas

¿Qué hacer entonces? ¿Desdeñar la experiencia de los docentes con 30 años de servicio?; o como sostiene Bell (1983), ¿permanecer como agentes pasivos y llanos consumidores de las propuestas de terceros y/o de las agencias gubernamentales? Sea este el momento de evocar a Goethe; ciertamente: “El que no sabe llevar su contabilidad  por espacio de tres mil años se queda como un ignorante en la obscuridad y sólo vive al día”; además: “La gente ignora la cantidad de tiempo y de paciencia que se necesita para aprender a leer [ser docente]; llevo trabajado en ello casi ochenta años [tres mil años] y todavía no puedo decir que lo haya conseguido”. He ahí la respuesta al qué hacer: seguir trabajando en ello; seguir en una búsqueda permanente de hacer bien lo que se debe hacer en el aula, y esto es: formar hombres en potencia sanos, que inauguren y articulen una sociedad sana. No invulnerable ni concebida como una utopía tristemente romántica, sino como una necesidad de nación plausible. Una vez establecido este objetivo inalienable, la búsqueda nos propone dos caminos según las palabras de Vasco (2008, junio – julio):

  “…Si uno decide que su saber no va a existir socialmente, viene lo más fácil: no hacer nada distinto a seguir haciendo lo mismo; pero si decide que sí vale la pena que ese saber exista socialmente, viene lo más difícil: poner en marcha el engorroso proceso de sistematizar lo que sabe, que implica reflexionar, escribir, discutir, reescribir, leer, escribir, borrar, reescribir, documentarse, escribir, encontrar quien lea, volver a escribir y no quedar nunca satisfecho. Como las construcciones en las fincas, la sistematización nunca se acaba: se abandona en un momento de frustración final. La última decisión del practicante reflexivo es, entonces, si arroja todo lo escrito a la basura o lo entrega para publicación. ¡Ojalá esto último fuera lo más frecuente!” (p. 20).

Y si lo es; se ha encendido de forma espontánea e ineluctable el motor de la investigación.

El trasegar de la educación en las generaciones

Bien, y con respecto a las preguntas retóricas de los párrafos anteriores, otra pertinente sería: ¿cuál es el modelo pedagógico más implementado por nosotros? Pues parece ser, desde una experiencia particular y específica, que aún tiene gran acogida el modelo tradicional como acto de autoridad materializado a través de la enseñanza, modelo garante (al igual que todos los otros, de una manera u otra) de la producción de mano de obra adecuada para un sistema económico de explotación capitalista en el que se transmiten conocimientos y se templa el carácter del estudiante de la misma forma como fue templado el del maestro otrora su época escolar. Quizá, ésa sea la explicación a otra pregunta que versaría sobre el porqué aún se implementa dicho modelo si parece de lo más anacrónico: quienes hoy en su mayoría educan, lo hacen siguiendo el modelo que les cobijó por toda su infancia y primeros veinte años de experiencia docente. Es más, creen con fe ciega que es el correcto y los intentos de trabajar con algo diferente solamente arrojan resultados nefastos tales como la insolencia, el desmadre, la baja calidad académica y el irresoluto encuentro con una generación perdida. Por tanto, tienen que jugársela por ir adecuando a sus prácticas, discursos contemporáneos pero permeados por lo que ellos saben, funciona.

 

El docente: un escultor de la realidad

En este orden de cosas es necesario según palabras de McLaren redefinir la educación, de tal suerte que no se pueda negar la posibilidad de las utopías concretas de lo que el mundo debería ser, así como afirma Freire, “la educación, en verdad, necesita tanto de formación técnica, científica y personal como de sueños y utopías”. Una educación que se permita una verdadera revolución educativa que concrete una pacífica revolución social. Y es indudable que para la materialización de ese nuevo orden el docente está llamado a ser protagonista; pero él también deberá ser consciente de que quizá no recibirá los aplausos, pues su trabajo demanda un blindaje que le proteja de sentirse indispensable evitando que termine convertido en un opresor de su sistema.

 

Ahora bien, ¿qué hacer entonces? Quizá la solución sea, en procura de avanzar y cumplir con el gobierno, convertir el lenguaje en el medio por excelencia para patrocinar cambios que sean tangibles. La propuesta es simple: plantear el lenguaje no como un mero y obvio recurso de interacción humana sino como garante de una sana interacción sociocultural, es decir; formar desde siempre a cada individuo en el uso del lenguaje para desempeñarse como humano, practicante de una moral universal, al mejor estilo de Kant; en un contexto de globalización que le exige ser ciudadano del mundo.

Nada más pertinente que el pensamiento de Vygostky en su explicación acerca del concepto de mediación, en el cual sentencia que nuestras acciones están culturalmente reguladas y que nuestro conocimiento es resultado de la interacción social, que a su vez está determinada como función mental superior, la cual potencia las habilidades psicológicas que desde su órbita social devienen en un orden individual. Orden, que demanda una enseñanza guiada; pregonada y justificada por Ausubel. Es claro que esta guianza requiere de los otros individuos del grupo social, con mayor cúmulo de experiencias, para acertar con amplitud de conocimiento en el individuo guiado y también es claro que la herramienta que se precisa es el lenguaje, según Vygostky: el que permite conciencia de uno mismo y también el que nos prodiga control voluntario de nuestras acciones.

Etiquetas: Lenguaje, Educación, Utopía, Pedagogía

 

2 comentarios sobre “‘Escultor’ por excelencia, ‘Maestro’ de todas las ciencias

  • el 5 octubre, 2018 a las 2:28 AM
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    En una profesión tan bonita como lo es la parte educativa, se deben complementar varios aspectos como el amor, la paciencia, el respeto, la tolerancia, la práctica, la vocación y lo más importante, tener mucho amor en lo que haces. Claramente educar no es tarea fácil, para muchos se convierte en un reto, una ilusión y una razón de vida. Donde muchos profesores nos enseñan a obtener buenas dudas y muy buenas críticas, a construir las preguntas y respuestas adecuadas, colocarnos a pensar y a saber como indagar, que logremos aprender de la mejor manera.

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  • el 4 octubre, 2018 a las 12:23 PM
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    El arte de educar es algo inherente para todos. se basa en como se lleva la cultura, la historia, indicios y avances a través del tiempo. no todos tienen la oportunidad de lograr esto y conectarse realmente con el pùblico. es basado en años de estudio, experiencias, practicas, informaciones, porque todo contribuye a esta profesión y mas la comunicación correcta.

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