La influencia del conflicto armado en la construcción de la identidad femenina en zonas rurales y asentamientos urbanos. Roles, voces y desafíos

Editorial

Por:  María Teresa Rodríguez

El conflicto armado en nuestro país ha sido analizado desde diferentes ángulos teniendo en cuenta sus antecedentes, actores, el choque de las ideologías políticas y las consecuencias políticas, sociales y económicas para Colombia. Llevamos más de medio siglo intentando encontrar una salida a una problemática que enfrenta al Estado, el Gobierno y los grupos al margen de la ley, que no han podido llegar a una conciliación frente a asuntos como la propiedad de la tierra, la participación política de los guerrilleros y la justificación de actos delictivos para la defensa de los ideales, antepositores de un enfrentamiento entre la derecha e izquierda llevado al campo y que se trasladó de lo rural a lo urbano. Dentro de este marco de referencia podemos encontrar que el análisis del conflicto siempre se ha mirado desde una óptica masculina. Siempre se han involucrado a los hombres y tanto el aparato ideológico de Estado como el aparato represivo fijan su interés en la virilidad, poniendo a la mujer en un segundo plano sin ser protagonista, ni como víctima ni como victimaria.

Además de la violencia de género, la mujer en Colombia no es tenida en cuenta de manera notoria en dicha problemática. No se ha llevado a un profundo análisis la manera  como la guerra vivida, tanto en el campo como en la ciudad, ha influido fuertemente en la construcción de su identidad y su papel frente a la realidad. Es importante mencionar que en los diferentes roles que desempeña la mujer colombiana a diario, no está contemplado que su vida se ha transformado como consecuencia de la guerra. Existen millones de mujeres viudas, tanto esposas de militares como compañeras sentimentales de los guerrilleros, las parejas de los campesinos e indígenas asesinados o las mujeres que decidieron reclutarse.

Es quizás uno de los puntos enérgicos en esta disertación, la práctica de la violencia sexual que ha sido generalizada y silenciada, haciéndola dueña de grandes índices de impunidad. Teniendo en cuenta la gravedad de esta situación, la Corte Constitucional del país  ha sentenciado que la violencia sexual cometida contra la mujer, incluso la explotación sexual es vista como una “práctica habitual” extendida de manera sistemática e incluso invisible. Tanto así, que ni las propias víctimas denuncian tales abusos.

“[1]De acuerdo con un estudio de prevalencia llevado a cabo por Oxfam, entre  2001 y 2009, menos del 18% de las mujeres denuncian casos de violencia sexual. De aquellos casos que sí son denunciados, sólo dos de cien probablemente lleguen a obtener una sentencia, dejando un nivel de impunidad de más del 98%. Asimismo, otro aspecto revelador es que en el proceso de Justicia y Paz, en el cual los paramilitares desmovilizados optaban a penas alternativas a cambio de la confesión de todos sus crímenes, de los 39.546 actos confesados sólo 96 se referirían a violencia sexual. Esto demuestra que los autores de estas violaciones no reconocen o consideran que los actos de violencia sexual sean crímenes serios” (sic).

Paulatinamente, en el país se está empezando a romper el silencio y a derrocar ciertos parámetros disfrazados de “tabúes”, relacionados con la violencia sexual. Lo cual ha permitido allanar el camino hacia el debate sobre la inclusión, desde una perspectiva de género que busca la verdad en la rendición de cuentas, promoviendo la participación directa de las mujeres en toma de decisiones dentro del marco de las reparaciones de las víctimas y los derechos humanos.

Un paso revelador es la aprobación de la reciente ley  que establece que los actos de violencia sexual cometidos dentro del conflicto armado sean considerados crímenes de lesa humanidad. Esta nueva ley exige la inclusión detallada sobre los casos de violencia sexual en el Sistema de Registro Unificado de Casos de Violencia contra la Mujer. Además, busca  identificar otras formas de violencia sexual, aparte de “acceso carnal violento” (violación sexual). También serán  contemplados la esclavitud sexual, la esterilización forzada, el embarazo forzado, la desnudez forzada y la trata de personas.

Es valioso destacar dentro de esta dinámica académica, el papel de la mujer en el conflicto el cual comúnmente se le muestra como agente pacífico, sometiéndola  a la falsa  denominación de “sexo débil”, lo cual la excluye de la participación en el  ámbito público y la reduce al ámbito doméstico.

Teniendo en cuenta lo anterior, es conveniente mencionar que en la mitología griega la diosa de la guerra organizada, es decir, la estratégica era la mujer: Palas Atenea (o Minerva).

En nuestro imaginario colectivo colombiano, los libros de historia poco aluden al papel preponderante de la mujer en representaciones tales como el espionaje, la enfermería e incluso en la estrategia militar. Siempre será menos bochornoso decir que la mujer se dedicaba sólo a la reparación costurera de los trajes de los insignes soldados.

En este punto es clave indicar que, en el caso del  desplazamiento forzado, es la mujer aquella que lleva el sustento al hogar, puesto que el hombre del campo no puede desarrollar otro oficio que no sea el de arar la tierra. Es ahí cuando algunas mujeres se ven obligadas a vender sus cuerpos para ayudar con la economía doméstica.

Refiriéndose hacia la efectividad de dicha ley aún no se ha podido determinar, toda vez que a menudo las víctimas no denuncian los casos por miedo a la intimidación y represalias, las cuales les hace sentir vergüenza y culpa; aparte de otro factor, la falta de confianza en las autoridades.

Al respecto conviene decir que entre los grupos más afectados están las mujeres indígenas y afro-colombianas, las cuales además de sufrir la humillación y la violencia a las que son sometidas por el solo hecho de ser mujeres, son también víctimas de la discriminación racial y cultural, ejercida contra sus comunidades. “Señalando, que estas mujeres juegan un papel vital en la vida espiritual de estos grupos, la violencia contra ellas no sólo causa dolor individual, sino que también pone en peligro a sus culturas” (sic).

Recapitulando brevemente la idea, reincido en que pese a la violencia cometida contra las mujeres, éstas no se han quedado en el papel de víctimas, sino que se han abanderado del asunto tomando el papel de líderes que luchan por la justicia y por un cambio profundo, en un país  en donde la porfía contra la hegemonía masculina conlleva la persecución y la muerte.

Respecto del centro dinámico y  académico de esta propuesta, es valioso someter a un análisis breve, pero no somero, la relación del cuerpo femenino como  territorio, teniendo en cuenta que este es visto como un espacio para conquistar y someter, lo que conduce  a un conflicto o pugna de poderes que busca el no sometimiento en una cultura gregaria, machista con características de viento cierzo, que aún sigue sin derrotero, que lee el mundo desde una óptica sesgada antidemocrática.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *